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Semillas en campos ajenos

Poesías, prosa, reseñas y fotografías de Pablo Antonio García Malmierca

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sociedad

Leer y escribir.

Mi historia como escritor comienza como la de muchos, me apasiona la lectura. No me haré aquí el pedante diciendo que leo, como diría Mañach, alta literatura, no creo en el concepto de alta cultura y baja cultura. Mis lecturas siempre han sido de lo más variopintas, puedo estar leyendo a Holderlin y a la vez a Clive Barker, a Novalis y a Lovecraft. Tampoco hago ascos a Calderón de la Barca o a Góngora mezclados con Pérez Zaragoza, todo tiene su tiempo y su lugar. Si algo aprendí en la universidad fue a rechazar los cánones que se nos imponían, a dejar a un lado los manoseados manuales que repiten una y otra vez los mismos mantras.

 

Mi formación estuvo muy próxima a todo centro posible, pronto aprendí a descentrarme. Si me recomendaban leer “Los límites de la interpretación” de Eco, leía todo lo que caía en mis manos de Foucault, de Derrida. Cometí el error de quedarme en la universidad, intenté o intentaron, eso ya no lo sé, adaptarme al sistema, las cosas pintaban bien. Pero me fui, dejé todo y volví a comenzar de nuevo. Siempre volver a empezar es un reto, pero necesario para vivir. Acabé Hispánicas y me lancé a Filosofía, un nuevo camino, perlado también de decepciones y sobresaltos. Sin embargo, me sirvió para darme cuenta de que el conocimiento se encuentra pegado a nuestros pasos, no a los pasos de otros. Repetir lo ya dicho, hacerse grande a lomos de gigantes, que diría Buffón, no trae grandes recompensas a nivel personal, quizá sí a nivel social y público. Pero a quién le importan los demás, por desgracia a muchos. Hoy está totalmente viva la frase de Sartre “El infierno son los otros”, en todos los ámbitos de la vida, la intersubjetividad del sujeto está presente, el final de nuestra libertad está en los demás; yo añadiría en la mala leche, en la envidia, en fin, en tantos aspectos de la vida que sería imposible desbrozarlos uno a uno.

 

Pero volvamos al asunto que aquí nos ocupa, la lectura, las lecturas, el difícil mundo de atravesar la red de conceptos que se nos abre frente a nosotros en un espacio dominado por las relaciones personales y el mercantilismo. Cojamos como ejemplo la red social Facebook y el empleo torticero que se hace de ella para fomentar a determinados autores o camarillas. Si uno abre su página de Facebook, verá como unos autores se promocionan apoyados en otros y esos otros en los unos que antes les habían promocionado. Esto no tendría la mayor importancia si no se tratara de un mero juego especulativo, cuántos se han parado a analizar la poesía o la prosa de este autor o aquella escritora, prácticamente nadie y cuando se hace, se emplea la suficiente mala leche o el insuficiente compadreo que lleva al lector lego a hacerse una idea distorsionada de la realidad: si fulano, que se supone es muy bueno, dice que mengano es un gran escritor entonces yo tengo que leerlo porque sino soy un mal lector, no estoy a la última o, peor aún, no me aceptarán en este espacio, que al fin y al cabo es la finalidad última y primera de las redes sociales: la aceptación personal.

Por suerte, sigue habiendo gente independiente, que por encima de todo y, más que nada, por debajo de este sistema de acólitos, dice y escribe lo que piensa, sin pensar en un futuro aceptado dentro de una congregación.

Leer y escribir se convierte en un acto de fe, un acto de reivindicación personal frente a lo establecido, frente a las modas impuestas, frente al mercantilismo, frente a egos desorbitados, frente a todo aquello que no es literatura, frente al faranduleo, frente a la pose. Escribir y leer es un acto de libertad, no puede obedecer a razones impuestas. Por desgracia ahora mismo en el mundo en el que nos movemos todos, queramos o no, rigen una leyes que lo dominan y que por extensión nos dominan a todos, leer y escribir puede convertirse en un instrumento de resistencia frente a un mundo hostil e hipercapitalizado hasta el extremo, donde hasta las emociones más privadas se hacen públicas a golpe de clic.

Pablo Malmierca

Rastro

Rastro

Somos el rastro de una sensación,
la evocación de una caricia,
mientras otros malgastan su vida
entre ofertas del centro comercial.

Vivimos la vida al límite de un capilar,
tan cerca de caer al fondo de los sentimientos.
Ellos se precipitan sobre la superficie del yo,
no ven más allá del último ticket descuento.

El recurso fácil de la falsa caridad
empaquetada en un telefilm de las cuatro.
La realidad es más dura y más fría,
la realidad se cuelga de tus tripas.

La violencia es un espectáculo de imágenes
entre anuncios de champú.
La crueldad se adorna
entre deseos y mentiras de futuro.

Ansío el calor de una lágrima
recorriendo tu rostro.
Tu dolor se sumerge drogado
entre el egoísmo
y tu poca autoestima.

La realidad
oculta tras la última apuesta comercial.

Pablo Malmierca

Quebranto

Quebranto

Inquebrantable resquebraja el hueso
la paciente grieta del grito.
Pasos sedientos de carnaza
tras el pesar de la víctima perfecta.

Sin riesgo,
la violencia ausente de razón,
la vida de las calles convulsas,
esquizofrenia colectiva.

Todos persiguen a todos,
nadie escapa,
el verdugo se victimiza,
el sacrificado se vuelve depredador.

Un universo de alimañas asesinas,
por las avenidas bajan ríos de sangre,
los edificios huelen a carnicería,
las ventanas llenas de vísceras.

Es necesario buscar la salvación,
intentas levantar los pies del asfalto,
los despojos impiden el vuelo,
la vida muere sin haber nacido.

Pablo Malmierca

Martirio

En ocasiones la vida se vuelve dolorosa, en ocasiones no sabemos donde está el límite de nuestro cuerpo, en ocasione perdemos la referencia de nuestra consciencia. En ocasiones…

MARTIRIO

Maldito sea el destino

de períodos consentidos.

Maldita sea la vida

de convencionalismos repleta.

Maldigo al mundo

aborto de un dios meditabundo.

Maldigo la paloma

de la falsa paz sin alma.

Maldigo al errante vagabundo

perdido entre las sombras,

escapó de la vida sin contarme su secreto.

Maldeciré, mil veces, el sentido cotidiano

del devenir furtivo de mi alma,

agasajada con los frutos del trabajo.

¿Explotaré?

¿Podrá mi cuerpo aguntar tanta humillación?

¿Moriré?

Anhelo ser el errante vagabundo

de mi espíritu fugitivo;

no siendo nada para muchos

significando todo para pocos.

¡Espíritu vagabundo apodérate de mí!

Enséñame a ser nadie,

…entonces seré.

 

P.D: Bastante años después de escribir este poema sigo luchando.

 

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