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Semillas en campos ajenos

Poesías, prosa, reseñas y fotografías de Pablo Antonio García Malmierca

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Sobre poetas lectores

Sobre poetas lectores

Siempre recuerdo esas fotografías de Vicente Aleixandre donde aparece rodeado de un buen número de poetas, desde un recién llegado a Madrid Claudio Rodríguez a un jovencísimo Valente; o echando la vista a una época anterior la relación de Juan Ramón Jiménez con la Generación del 27. Decía  Rafael Alberti en 1980: “Por aquellos apasionados años madrileños, JRJ era para nosotros, más que Antonio Machado, el hombre que había elevado a religión la poesía, viviendo exclusivamente por y para ella, alucinándonos con su ejemplo”, y Juan Ramón también describió perfectamente el espíritu de estos jóvenes poetas en carta a Gerardo Diego en 1920: “Me parece magnífico que los nuevos -ustedes aquí, en este caso- hagan lo que hacen, y lo otro y lo de más allá, todo cuanto signifique ‘contra’ y ‘verde’, único valor juvenil, mientras cada uno -el que pueda- va encontrando por sí solo, aún dentro de su grupo natural, su propio clasicismo”. Incluso en la carta a Jorge Guillén de 1922: “¡Qué alegría ver subir ‘nuevos completos’ como usted!…”. “Jamás poeta español iba a ser más querido y escuchado por toda una rutilante generación de poetas”, escribió en sus memorias Rafael Alberti.

En los tiempos que corren, ajenos en muchas aspectos a la tradición, donde se vive en un presente continuo sin pasado y sin futuro, con unos dirigentes políticos que priman el cortoplacismo frente a cualquier plan de futuro, donde los adolescentes, y los no tan adolescentes, viven abducidos por un hedonismo superfluo y melifluo, la poesía ha dejado de vivir contemplando el pasado con admiración. La figura del maestro ha desaparecido, por desgracia para los poetas jóvenes no existe ningún Aleixandre, ningún Juan Ramón Jiménez en el que reflejarse y con el que departir sobre poesía.

Ya sea porque para ser poeta importa más el branding que el consejo de un maestro; ya sea porque cada vez hay más escritores que han decidido que para serlo no es necesario conocer la tradición; ya sea porque la poética de la normalidad ha defenestrado líneas muchos más interesantes y con más cosas que decir; ya sea porque en poesía también se ha instalado el miedo y es más fácil ser aceptado escribiendo poesía comercial; ya sea…

La realidad es que entre tanto ruido cada vez es más difícil encontrar apuestas rotundas por la palabra. Vivimos frente a un televisor que pocas veces conseguimos sintonizar, un lugar donde el ruido blanco se ha instalado como discurso plenamente aceptado. Un lugar de escritores que han dejado de ser lectores, que se jactan en ocasiones de no haber leído un libro, que se enorgullecen de su ignorancia porque así se asimilan a una cultura de la imagen que desprecia la letra escrita, que sumen así su escritura en un charco del que es muy difícil salir, un charco en el que todos saltan felices.

Pero, como decía antes, frente a la ausencia de maestros generacionales se erige una nueva figura la del poeta-lector. Frente a tanta dejadez y gusto por el éxito fácil implantado por la mercadotecnia, una serie de escritores siguen creyendo en el valor de la tradición, ya sea para continuarla, ya sea para intentar sobrepasarla, y en sus textos se leen entre líneas a grandes o pequeños poetas, a pensadores o novelistas, incluso resuenan múltiples resonancias musicales.

Una poesía, en definitiva, rica en matices, en la que escuchamos la enseñanza de maestros que ejercen sus magisterio desde sus libros, desde la atenta lectura de esos poetas que se elevan por encima del ruido y son capaces de ofrecernos la música de sus poemas.

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Poesía y editoriales

 

En estos momentos de resurgir de los grupos poéticos, los poetas se vuelven a reunir en torno a personas con ideas comunes, a compartir conocimientos, a pedir consejo sin las interferencias de egos absurdos, a la cooperación necesaria, se observa también una tendencia a la uniformización de esas líneas, como es evidente nos juntamos con aquellos que piensan igual que nosotros, muchas veces, por miedo a lo diferente o miedo a lo nuevo, tendemos a compartir nuestro trabajo con aquellos que consideramos afines. Es esta una tendencia de nuestro tiempo, lo diferente por muchas cuestiones tendemos a desestimarlo a alejarlo de nuestro centro de atención, ya sea por una necesidad de mantenernos en nuestra zona de confort, ya sea por un miedo atroz a perder nuestras prerrogativas y nuestros beneficios.
Como muy bien me dijo un poeta hace poco la casa de la poesía tiene múltiples habitaciones y cada una con sus características diferentes, pero, por desgracia, parece que cada vez nos estamos olvidando más de esta riqueza en pos de nuestro beneficio personal. Nos importa más aparecer en este o aquel recital, en esta o aquella revista, en estar en la nómina de una determinada editorial, y nos olvidamos que la poesía tiene como característica fundamental: la verdad. Y esa verdad es relativa a cada forma de entender la poesía y la escritura, a cada experiencia vital y lectora, si dejamos que todo lo que está alrededor de la escritura la domine perderá su sustancialidad y devendrá en mentira, en mero accesorio de mercado.
Las querencia entre poetas, los poetas solitarios, los ascetas, los místicos, los populares, los poetas de cenáculo, los epígonos, los revolucionarios siempre han cohabitado sin más problemas. De hecho leemos a autores de todas estas categorías sin problemas, pero si son nuestros contemporáneos la cosa cambia; tendemos a leer y a dar visibilidad a aquellos que escriben como nosotros o con los que compartimos cierta amistad o cercanía. ¿Dónde queda entonces la riqueza de la poesía?
Ahora mismo la riqueza de la poesía es inmensa, coexisten múltiples líneas de escritura que abren nuestro horizonte de expectativas de forma exponencial.
Sin embargo, también se observan movimientos editoriales, que con sus legítimos fines de beneficio y posicionamiento empresarial, entorpecen y frenan a determinadas líneas de escritura que perjudican por su apuesta por líneas que tratan de imponer al público lector de poesía. No nos olvidemos que en un mundo lleno de ruido, donde se publica más de lo que se lee, son determinadas editoriales o grupos editoriales los que marcan la línea del lector medio, y son las que ponen y quitan les pese a quién les pese. En la novela estos movimientos son más claros, auténticos superventas hace unos años tras agresivas campañas de publicidad no son hoy más que muñecos rotos de la industria editorial, han pasado de vender miles de ejemplares a unos cientos; muchos han sabido reciclarse otros no. ¿Vamos a permitir que ocurra lo mismo con el mundo de la poesía? No podemos subestimar el poder de las grandes editoriales, pues son ellas las que ahora mismo marcan el camino y pondrán y quitarán a su antojo al igual que llevan haciéndolo desde hace muchos años en la narrativa.

¿Soy poeta?

¿Soy poeta?

Decantarte
hasta destilar
la palabra exacta.

Estos días atrás estoy leyendo opiniones muy diversas sobre el mundillo poético en España. Se habla muchas veces de falta de humildad, de premios comprados, incluso de poetas fantasma.
Yo soy un recién llegado. Como sabéis, los que me seguís, llevó compartiendo poemas apenas unos meses, algunos me tacharán de advenedizo o de otras muchas cosas. Mi experiencia es ante todo la de una persona que con curiosidad se acerca a un mundo que le es totalmente desconocido. Veo comportamientos que se me antojan clasistas, existe una tendencia hacia el etiquetado de las personas y la etiqueta preferida en este ámbito es la de poeta. Te encuentras con autores que para agradecerte un me gusta en Facebook diferencian entre poeta, maestro o nada. También ocurre lo mismo en el mundo real, lego de mí, me acerco a cuanta presentación poética cae a mi alrededor y, para mi sorpresa, me encuentro lo mismo: un sentimiento de clase que bordea muy de cerca clasismos que creía extirpados de nuestra sociedad. Me podéis decir y ¿cómo lo llamamos?, no es un problema de designación, es un problema de cómo se utiliza el vocablo, se utiliza como término restrictivo, es decir, la persona en cuestión, transformada en demiurgo, crea un mundo a su alrededor de poetas, maestros y gente común, con la única referencia posible del ser y el parecer, en una especie de dentro fuera.
En este punto creo necesaria la definición del DRAE:
poeta.
(Del lat. poēta, y este del gr. ποιητής).
1. com. Persona que compone obras poéticas y está dotada de las facultades necesarias para componerlas.
2. com. Persona que escribe obras poéticas.

Aparecen dos entradas una más restrictiva y otra más general. Podemos llamar poeta, según el DRAE, a toda persona que compone obras poéticas. Entonces, me pregunto, ¿dónde dan el título de poeta? Como filólogo tengo una visión panorámica, en mi caso, de la literatura española, y contemplas bibliotecas repletas de volúmenes escritos por autores de los que hoy solo nos acordamos los estudiosos, dejan por eso de ser poetas, creo que no. En su momento tuvieron algo que contar, sucumbieron a esa necesidad imperiosa de poner en poemas sus experiencias, sus vivencias, su visión del mundo. ¿Son o parecen poetas o, quizás, no lo son por estar olvidados?
Mi opinión es que todo en esta época se encuentra mercantilizado. Las editoriales que, como es lógico, buscan un beneficio económico, se cuidan mucho de diferenciar quién es poeta y quién no, con algo tan sencillo como publicar en una colección de poesía. Hay autores que defienden el estado de las cosas, hablan de premios bien fallados, del gusto del público por encima de la técnica. Pero en realidad todos sabemos que hay argumentos en todas las direcciones, podemos defender uno u otro punto de vista y tener razón.
Sin embargo, por encima del mercado, por encima de disputas, el poeta es un ser humano que antes que poeta puede tener otras cientos de etiquetas, quizás más importantes en su vida que la arbitraria designación de poeta. León Felipe lo ejemplifica en su poema “Como tú”
Así es mi vida,
piedra,
como tú. Como tú,
piedra pequeña;
como tú,
piedra ligera;
como tú,
canto que ruedas
por las calzadas
y por las veredas;
como tú,
guijarro humilde de las carreteras;
como tú,
que en días de tormenta
te hundes
en el cieno de la tierra
y luego
centelleas
bajo los cascos
y bajo las ruedas;
como tú, que no has servido
para ser ni piedra
de una lonja,
ni piedra de una audiencia,
ni piedra de un palacio,
ni piedra de una iglesia;
como tú,
piedra aventurera;
como tú,
que tal vez estás hecha
sólo para una honda,
piedra pequeña
y
ligera…
Qué hay más simple que una piedra, el gran poeta zamorano, se aleja pues de todo estereotipo de clase.
Vuelvo a la pregunta que me hacía al principio. ¿Soy poeta? Antes que poeta puedo ser padre, profesor, esposo, amigo, hijo y otras mil cosas. Mi respuesta es simplemente SOY.

Micropoesía (arenga)


Poetas,
retorzamos la palabra
que retoza en la miseria.

Pablo Antonio García Malmierca

 

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