Dos habitaciones al fondo del pasillo,
presagio de la efímera belleza de lo oculto,
un paseo interminable en la oscuridad,
el cobijo de lo obtuso frente a la gratuidad de la luz.

Miles de estancias vacías
colmadas por cientos de estrellas fugaces,
sobre el suelo la ceniza insomne,
las paredes decoradas con explosiones de gas.

No existe perdón para los proscritos,
la sed de velocidad nos impele a la rutina,
al adiestramiento del ojo
a la imagen repetida hasta la saciedad.

En lo más profundo del cuerpo
laten capilares aún por descubrir,
el goce de una belleza no contemplada,
la dicha de la palabra por escribir.

Pablo Malmierca