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Semillas en campos ajenos

Poesías, prosa, reseñas y fotografías de Pablo Antonio García Malmierca

Comienzo

Siempre es difícil
comenzar una etapa.
Las losas convertidas
en azote de tus sentidos.

Se evaporan
los tímidos cascotes
que acarician tu oído.

Pensé
dejar atrás tantas cosas…
Tus latidos,
mis querencias,
el abrigo de tus labios,
el yermo de mis días.

Nunca hubo saltos al vacío,
me quedé sentado al borde,
famélico,
perseguido por mi propia jauría.

Los ecos agudos de tu voz
clamaban ausencias;
la ronquera de mis logros,
perseguía tu descanso.

Decidimos abarcar el vacío,
repoblar la singladura,
acariciar el sinsentido.

©  Pablo Malmierca, poema.
De No comas mi corazón.
© Piediciones, Edición.

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Reflexiones sobre la poesía

Hace ya algunos años, en el marco de un curso extraordinario de la Universidad de Salamanca, leí la ponencia que reproduzco hoy en este blog. Mi intención no fue otra que la de explicar las complejidades del poema y cómo entenderlo mejor. Espero que pueda servir traerlo a este blog.

Breve introducción a la teoría literaria actual

La teoría de la literatura nos ofrece numerosas formas de acercamiento al objeto literario. Debido a la brevedad de esta ponencia me voy a ceñir a las nuevas corrientes de análisis literario. Jonathan Culler define, refiriéndose a la crítica postestructural,  la nueva teoría literaria como una nueva y expandida retórica: un estudio de las estructuras textuales y sus estrategias de relación con  sus sistemas de significado y con  los temas humanos[1]. Se trata de una teoría interdisciplinar y, aunque parece dejar atrás la literatura, la pone en el lugar central de donde derivan todas las cuestiones que suscitan interrogantes, todos los aspectos de los sistemas de significación dignos de ser estudiados, e incluso intenta replicar a la literatura en su constitución textual, proponiendo una escritura “literaria” y no “científica”. Esto último es así porque todo tratamiento de la literatura se ve como lenguaje sobre lenguaje, lenguaje de lenguaje, más que, lenguaje acerca de lenguaje, y los nuevos teóricos, especialmente los derridianos, insisten en que el metalenguaje de cualquier observador está inevitablemente contagiado por el lenguaje de lo que observa, ya que, al fin y al cabo, es el mismo lenguaje, y no un lenguaje sui generis, aséptico, libre de toda carga anterior, como hecho de nuevo.

Para muchos teóricos de la literatura, la expansión de la teoría literaria ha producido crisis y confusión, entre otras cosas porque el concepto de literatura se ha extendido hasta recubrir a veces el de textualidad, y el lenguaje, bajo la lupa lúdica de los “posestructuralistas” y en las manos irónicas de los “posmodernos”, se ha vuelto un objeto sospechoso y traicionero. Los estudios literarios acaparan campos de estudio antes ajenos, y parecen capaces de explicarlo todo: los textos, el mundo. Pero, mientras se ha perdido de vista al antes invencible poema, el texto amurallado, suficiente, saturado de referencias internas, válido por sí mismo, “autorizado” por un autor, y legitimado por una tradición y valores. Esto ha llevado a conceptos, antes pilares de los estudios literarios, a crisis: La literariedad, es decir, la autonomía lingüística de la literatura; la literatura canónica, cada vez hay mayor interés por la subliteratura o Trivialliteratur. Las consecuencias de esta postura son demoledoras para la ciencia literaria: en su forma más escandalosa diríamos que no hay interpretación literaria buena, mala, aceptable o, en fin, posible[2].

Frente a esta concepción otros críticos actuales como  Umberto Eco[3], han reaccionado de una manera precisa. Eco diferencia dos ideas distintas de interpretación a lo largo de la historia. Una admite que interpretar un texto significa esclarecer el significado intencional del autor o, en todo caso, su naturaleza objetiva, su esencia, independiente de nuestra interpretación. La otra, admite que los textos pueden interpretarse infinitamente. La problemática radicaría en si un texto tiene un significado fijo, una pluralidad de significados posibles, o por el contrario ningún significado. El deslizamiento de un significado a otro significado sería nota común, con lo que el significado de un texto se pospone siempre, y el significado final no podría sino ser un secreto inagotable. Eco funda su crítica a la teoría literaria actual postmoderna y postestructuralista en dos autores contemporáneos Pierce  y Derrida, contra los que dirige todos sus ataques. Para Eco el desciframiento de un texto se basa en que cualquier comunidad de intérpretes debe alcanzar un acuerdo sobre el tipo de objeto del que se está ocupando. Así la comunidad, aunque pueda usar un texto como terreno de juego para la puesta en acto de la semiosis ilimitada, debe convenir que, en varias situaciones, es necesario interrumpir un poco el “play of musement”, y puede hacerlo sólo gracias a un juicio consensual, si bien transitorio. En realidad, para Eco, los símbolos crecen, pero nunca quedan vacíos[4].

En la actualidad el crítico Jean Bollack, está intentando una síntesis entre las teorías postestructuralistas y las anti-postestructuralistas. Parte de la práctica, habla del “aprendizaje de la lectura”, de una competencia que se adquiere paso a paso, en una comprensión en la que se profundiza poco a poco. En cuanto a la reflexión, ésta nace de las aporías desentrañadas en los textos estudiados, ciertamente, pero asimismo del marco institucional o académico. Es imposible manipular los textos sin haberlos comprendido, y ello supone, para quien se plantea su estudio o cabalidad, un cuestionamiento hermenéutico que el prudente positivismo de las diversas corrientes filológicas se niega a plantear a fondo, ya que se ampara en una estricta división del trabajo: los especialistas de la letra no pueden confundirse con los del sentido. Por el contrario, Jean Bollack constata que el sentido reside en la letra. El saber gramatical no puede divorciarse de una indagación más amplia en las modalidades del sentido. Y ésta implica a la hermenéutica y conduce a la filosofía. Todo lo contrario del acercamiento a distancia que resulta de apoyarse en una teoría general con la finalidad de verificarla en su aplicación a diversas áreas, y deducir sus leyes constitutivas o invariantes desde una visión de conjunto forzosamente sumaria. La ausencia de toda teoría previa garantiza una sólida postura[5].

Nuestro acercamiento al poema se hace desde la síntesis bollackiana de filología y filosofía, desde la hermenéutica y la lingüística, el texto es lenguaje, pero también es sentido, aunque este sentido debamos buscarlo en algunos casos, como el de la poesía contemporánea en el propio poema. 

¿Qué es un poema?

Podríamos aplicar la definición de Mario Vargas Llosa para la novela al poema. Para él la novela es poliédrica, es decir posee numerosas caras, así es la poesía o como decía Vossler:

El verso es un Proteo: tal como Proteo surge tan pronto como agua, tan pronto como fuego, tan pronto como culebra, tan pronto como buey, pero sin identificarse en ningún momento con el agua, el fuego, la culebra o el buey, así también puede surgir el verso ora con determinado número de sílabas, ora libre, ora con ritmo regular, ora con ritmo alterado, a veces ceñido en su sintaxis, otras con sintaxis entrecortada… y ninguna de estas propiedades señala su esencia más propia. [6]

Se podría decir que Vossler sólo se refiere a la parte formal del poema, a su contenido más estructural. Pero, no olvidemos, que al poema se le suele definir como una formalización del lenguaje.

No faltan los ejemplos dentro de la propia poesía sobre su polimorfismo. Veamos como el poema una vez escrito por el poeta se transforma en objeto autónomo al  autor, tiene su propia vida Ángel González.

 

Metapoesía

POÉTICA

A la que intento a veces aplicarme

Escribir un poema: marcar la piel del agua.

Suavemente, los signos

Se deforman, se agrandan,

Expresan lo que quieren

La brisa, el sol, las nubes,

Se distienden, se tensan, hasta

Que el hombre que los mira

—adormecido el viento,

La luz alta—

O ve su propio rostro

O –transparencia pura, hondo

Fracaso—no ve nada.

Como conclusión podríamos decir que el poema, por lo menos en su parte más tangible, es una construcción lingüística polimorfa y que supera a su autor.

¿Cuál es el objeto de la poesía? Dicha formalización del lenguaje tiene como objeto al propio sujeto. El poema se enuncia desde sí, es el yo poético el que habla nunca el poeta. Aunque no debemos olvidar que el yo lírico o yo poético no es un yo real. No obstante, el poeta puede identificarse o no con el yo poético. Sin embargo, es indudable que ambas personas confluyen en el pronombre.

¿Qué lenguaje podemos utilizar? El lenguaje utilizado por el poema es el lenguaje de todos. Ninguna palabra queda excluida de antemano. Los componentes del poema vienen dados por su relación con el resto de elementos léxicos. Al tratarse en muchas ocasiones de un universo cerrado la palabra poética toma todo su significado a través de su valor funcional en el propio poema. [7] Sin embargo, existen una serie de características que facilitan la integración de las palabras en el espacio poético: la belleza fónica, armonía del significante, la tradición literaria.

José Agustín Goytisolo nos enseña como su voz es la voz de todo el pueblo, porque su lenguaje es el de todos:

Oficio del poeta

Contemplar las palabras

Sobre el papel escritas,

Medirlas, sopesar

Su cuerpo en el conjunto

Del poema, y después,

Igual que un artesano,

Separarse a mirar

Cómo la luz emerge

De la sutil textura.

 

Así es el viejo oficio

Del poeta, que comienza

En la idea, en el soplo

Sobre el polvo infinito

De la memoria, sobre

La experiencia vivida,

La historia, los deseos,

Las pasiones del hombre.

 

La materia del canto

Nos la ha ofrecido el pueblo

Con su voz. Devolvamos

Las palabras reunidas

A su auténtico dueño.

 

¿El poema, tiene unidad básica? La unidad del poema es el verso, que conlleva un ritmo, una sucesión de acentos y pausas que puede venirle dada por su propia condición. La tradición literaria ha ido creando numerosas formas con usos fijos dados por las preceptivas literarias. Por ejemplo, el verso de arte menor castellano, se caracteriza por su agilidad, y por eso es muy apto para composiciones poéticas ligeras.

¿Existe un mundo propio del poema? En el poema, enmarcado por el blanco, hay un mundo aislado. Las primeras palabras surgen desgajadas de situación alguna; esta debe crearse en el propio poema. La opacidad inicial tiene que haber desaparecido al cierre del texto. Pero su misma condición aislada intensifica ese espacio enmarcado.

La esencia del poema nace y acaba en él. La intensidad lo caracteriza, y no sólo todas las palabras están interrelacionadas formando una unidad, sino que llevan en sí un peso específico superior al que tendrían si pertenecieran a otro tipo de textos.

Hecho en parte de no palabra –el blanco y su papel en la configuración del poema—, su asunto es el propio sujeto y no la fábula. Y en una inmanencia total, la propia creación puede llegar a ser expresión y objeto.

Para Genette, al igual que para Paul Valery, las funciones principales del poema son la conativa y la emotiva. Juan Ferraté nos dice que el poema en conjunto es un signo cuyo denotado o referente es la propia connotación del signo. Todo poema contiene su propia versión íntima del aspecto de la realidad que le sirve de pretexto, y nos induce a acogerla en nosotros mediante la representación del propio movimiento del poema en nuestra intimidad. Y esa versión íntima es siempre distinta. Aunque no debemos olvidar que existen distintos tipos de lectores que condicionan su lectura a sus objetivos. Para Roland Barthes existen tres tipo de lector, el crítico literario, el lector por placer y el teórico de la literatura, ninguno de los tres busca lo mismo en el texto. Así su lectura será diferente pero no por eso más o menos válida.

El poema es una unidad, un discurso autorreflexivo: el blanco que lo cerca enmarca una realidad, la suya.

¿Tiene unidad de sentido el poema? A menos que el poeta quiera dar al lector una guía segura para crear su horizonte de expectativos y preceda su obra de un epígrafe explícito, el poema es el que lleva en sí situación, asunto y sentido. Y sólo desde su cierre, el lector podrá aprehenderlos. Leamos el siguiente poema de Félix Grade donde podemos observar como el yo poético busca en el poema el sentido que sólo este le puede dar, el poema como clarificador de realidades.

Félix Grande

En vos confío

Ven otra vez socórreme apacigua este frío

Aproxima una mano de luz por las horas retintas

El desconcierto hiela mis huesos y mis ojos

Estoy abandonando la felicidad

 

Protégeme, poema

Sano sólo me queda este odio a la desdicha

Dame calor acércame las palabras alucinantes

Fonema colorado abre tu portalón solemne

Y pasaré a la cueva grandiosa del lenguaje

Orando interminable la sílaba sin fin

 

Mira a este can salvaje atado con cadena

Mira a este tigre altanero extenuado en la lluvia

Y mira a mi velocidad tumefacta de miedo

Acércate, poema, dame una medicina desaforada

Delibera con todas mis vísceras, regresa sudoroso

Maravillosamente sucio de humores y de sangre

Y dime qué te han confiado qué les ocurre

Descíframe recítame mi propio secreto

Apresúrate sílaba, me apago

 

Estoy abandonado de la felicidad

Y como un alacrán se matara con su propio veneno

Con mis preguntas me estrangulo       Responde tú, poema

Siéntate en una silla dame conversación

Tú eres el brujo más misericorde

Tú eres el sacerdote boreal

 

Ven otra vez                     Aproxima una mano de luz

Acércame las palabras fantásticas en el pan de la voz

Una jauría de ininteligibles

Va cercando a mi vida y a mi cuerpo sagrados

Con bocados de alimañas                      Asóciate a mi corazón

Baja a esta selva y sé mi camarada augusto

Combate a mi favor contra esa peste a cataclismo

Contra ese caldo soez de error y amenaza

Ven otra vez                     Socórreme     Socórreme, poema

Tú eres el enigmático solar

La mano que apacigua el espanto

La niebla enorme que todo lo besa

 

En vos confío        En vos confío           En vos confío

 

¿Qué valor posee la forma externa? El lector debe conocer las normas de construcción de los poemas, que son formas externas del lenguaje poético. Las métricas ofrecen repertorios. Esos moldes estróficos condicionan la materia lírica. Cuantas mayores sean sus exigencias, mayor serán también el artificio necesario para seguirlas y menor margen quedará para la originalidad. Un caso ejemplar de exigencia estrófica es el ovillejo formado por dos partes; la primera, por tres octosílabos con una interrogación; su respuesta, un tetrasílabo, repite la rima del verso correspondiente. La segunda parte síntesis de la anterior es una redondilla, cuyo último verso reúne las tres palabras del pie quebrado. Cervantes nos ilustra el esquema:

 

¿Quién de amor venturas halla?

El que calla.

¿Quién triunfa de su aspereza?

La firmeza.

¿Quién da alcance a su alegría?

La porfía.

Desde modo, bien podría

Esperar dichosa palma

Si en esta empresa mi alma

Calla, está firme y porfía.

En este caso la s exigencia métricas dejan reducido el poema a puro juego, más visible al ser los versos de arte menor.

En algunos casos el motivo de la elección de la estrofa está íntimamente unido al tono del texto. Es un matiz esencial que el lector debe percibir.

Sólo conociendo las características de la estrofa, pueden verse también las disidencias del poeta. Cualquier variación en la rima obligada de los cuartetos de un soneto, la sustitución de los endecasílabos por alejandrinos ha de leerse a partir del esquema que configura la estrofa; si no existe la norma, tampoco su transgresión.

La estrofa tiene, pues, unas exigencias y aporta unas connotaciones heredadas de su uso. Y la unidad que la forma, el verso, también.

¿Tiene límites el verso? La unidad que forma el poema es el verso. Sus límites pueden venir impuestos por su condición, de bisílabo o de endecasílabo, o desdibujarse al invadir el blanco con el que linda, al transformarse en versículo. Fue fundamental para el verso español la revolución introducida en el siglo XVI por Gracilaso y Boscán, al liberar la frase sintáctica de los límites que el verso le imponía. Se pasó de la esticomitia (coincidencia de la frase sintáctica con el verso) al encabalgamiento (frases sintácticas que ocupan más de un verso).

¿Qué relación une al lector con el texto poético? El lector aprehende, primero, la forma del poema –el lector, no el oyente—, la identifica o no. Su mirada abarca la unidad y sabe, pues, si el poeta se ha vinculado a la tradición literaria eligiendo una de las posibilidades ya acuñadas.

No se puede leer de la misma forma un poema de la Edad de Oro o uno contemporáneo. No sólo la distancia entre el yo poético y el poeta es diferente, también lo es la suya con respecto al texto.

En la poesía de Gracilaso, de Herrera, de Quevedo, de Góngora, el código condiciona la voz más que la biografía. En la poesía contemporánea, desde el acercamiento romántico del poeta al yo poético, puede ser más o menos esencial.

¿Debemos tener en cuenta los códigos históricos, filosóficos o religiosos? Un poema nos es sólo lo que leemos, la poesía se escribe en determinados momentos históricos, con sistemas ideológicos y religiosos diferentes que pueden influir en el significado del poema, incluso en su significante. Recordemos la autocensura de determinados autores españoles durante el franquismo, o la de los autores ilustrados temerosos de ser víctimas de la Inquisición. Estos códigos pueden tener mayor o menor peso en las composiciones poéticas, pero nunca debemos dejarlos de lado para su interpretación. La estética de la recepción literaria ha tenido esto muy presente, ya que sus postulados nos dicen que cada obra debe leerse desde los ojos de un lector contemporáneo a esa obra. Debemos adaptar nuestras estructuras de pensamiento a las estructuras de la época de producción de la obra para tener así un acercamiento más próximo a su significado.

¿Cuál es la relación entre el código literario y el significado del poema? Para ejemplificar esta relación voy a utilizar la poesía culta de los Siglo de Oro en España. Habitualmente aparecían dos protagonistas: el yo poético y la cruel dama desdeñosa, una serie de metáforas fosilizadas sustentaban el retrato de la dama y la pasión del yo poético. La descriptio de la amada era similar en todos los poemas, cabellos, mirada, piel. El yo poético suele arder en el fuego amoroso que le consume. El espacio se convierte en un lugar de tormentos y penas eternas. Aparecen referencias mitológicas como enriquecedoras del código. Tienen un significado altamente codificado los colores, las flores, la geografía literaria, los animales.

Se hace imprescindible, por tanto, el conocimiento de los códigos utilizados por los poetas para poder llegar a un entendimiento aceptable de la materia poética.

¿Ocurre lo mismo en la poesía contemporánea? En la poesía contemporánea, la soledad del lector ante el texto puede ser absoluta. La tradición literaria a menudo no sirve como referente; la invención de la realidad lírica es así hazaña exclusivamente  individual. El blanco es un marco aislante. La opacidad inicial del poema a veces no desaparece del todo. No hay certeza alguna más que para el sentimiento. No se podrá saber qué dice exactamente el poeta, pero se sabrá que siente el yo poético.

Jackobson subraya la ambigüedad de la poesía: “L’ambigüité est une porprieté intrinsèque, inalienable, de tout message centré sur lui-même, bref c’est un corollaire obligé de la poésie”. La denotación exacta escapa a menudo al lector por falta de precisiones, pero éste no pierde nunca la aguja de navegar si sabe empaparse de las palabras. Podrá no entender, pero sabrá qué dice o qué sentimiento transmite el poema.

¿Existe un diseño interior del poema? El asedio del poema exige su aprehensión total. Sólo desde el cierre se puede ver el texto como una unidad, y sólo en ella cobran sentido los elementos interrelacionados que la forman.

Todo texto tiene una estructura interna, un diseño interior, que lo sustenta. En un poema aprehender esa organización interior llevará a su mejor comprensión.

Cada poema conlleva una mirada distinta que sepa enlazar elementos para que la estructura quede visible. Sin embargo, la igualdad o la oposición suelen señalar el camino. Frente a una sucesión de elementos semejantes, la presencia de una disonancia o la omisión tiene función de subrayado.

Cuando la forma externa no está predeterminada, cuando el poeta no elige una estrofa preexistente, la estructura interna del texto puede estar también subrayada por los blancos que configuran las unidades, por elementos retóricos o por recursos sintácticos más o menos perceptibles.

Si el poema es un largo discurso que la mirada no puede abarcar en su totalidad, hay varios puntos intensos, varios temas o subtemas. Queda luego la articulación de esos distintos asuntos.

Cada texto supone el descubrimiento del juego de relaciones que tiene dentro de sí. La búsqueda debe realizarse en él.

No es posible hacer una enumeración de instrucciones para ver esa organización interna que todo discurso coherente tiene. Cada texto poético guarda su propia clave. La lectura asidua de poemas es la única práctica que permite descubrirla en cada caso con alguna garantía, o no, de éxito.

¿Qué importancia tienen la retórica y la estructura?  Es indudable la presencia constante de los recursos retóricos en el texto poético. Y su función es doble, hermosea sí la lengua, pero también subraya a veces la estructura interna del texto. La huella que cada palabra de un poema deja es mucho más intensa que la de cualquier otro texto, el reducido espacio acotado por el blanco obliga a ello.

Los tropos, las figuras retóricas actúan como intensificadores de las palabras y como subrayado de las líneas internas que dibujan la unidad del texto.  Veamos algunos ejemplos:

  • El paralelismo es un intensificador del significado.
  • La comparación hace énfasis en la estructura del texto
  • El apóstrofe hace que su sucesión en estrofas con estructura paralelística desemboque en una depreciación.
  • La aliteración, puede ser un subrayado esporádico del sonido en los versos de un poema, pero también puede convertirse en la clave del poema.
  • La antítesis y la paradoja. Los sonetos de definición de asunto amoroso desde el modelo petrarquista se caracterizan por la suma de paradojas y antítesis. La contradicción interna o paradoja, es donde se anula el significado de la palabra, es el recurso retórico que más se utiliza en la lucha con lo inefable y que puede intentar describir el estado anímico del enamorado.
  • Una composición poética, especialmente complicada para la traducción, es la jitanjáfora. Consiste en palabras o expresiones, las más de las veces inventadas, carentes de significado en sí mismas, y cuya función poética radica en sus valores fónicos, que pueden cobrar sentido en relación con el texto en su conjunto. Un ejemplo admirable es el que Huidobro pone en boca de Altazor, al contemplar, tras la experiencia de la maravilla nocturna y lunar, la grandiosa zona solar, que no puede traducir en palabras con sentido, y para lo que inventa estas voces de jitanjáfora que finaliza con los ayes de una onomatopeya del dolor humano:

Auriciento auronida

Lalalí

oi  ia

iiio

Ai a i ai a iiii o ia

 

Los recursos retóricos son así intensificadores de la huella de las palabras que forman el poema y también pueden convertirse en el eje en torno al cual se teja su urdimbre.

Conclusión La intensidad de la palabra, su poder evocador se manifiesta en toda su plenitud en el poema. En él, no sólo dice, crea una situación y desvela sentimientos. El lector tiene en la lírica sendas para descubrir miradas nuevas que inventan realidades, un instrumento para ahondar en su capacidad para sentir, para perderse en el laberinto interior.

No podemos poner fin al desciframiento de los textos, pero por nuestra experiencia sabemos que hay límites. ¿Cómo resolver esta paradoja?

La complejidad aquí desvelada del objeto poético nos hace plantearnos la necesidad de grupos interdisciplinares para la traducción de poesía. Debemos conocer demasiadas cosas para dar una traducción, es decir una nueva obra a un público distinto al que estaba destinada.

[1] Culler, Jonathan. “Poststructuralist Criticism”, Style 21, 1987. (p. 169)

[2] Reyes, Graciela. “El Nuevo análisis literario: expansión, crisis, actitudes ante el lenguaje”. Teorías literarias de la actualidad. Madrid: El arquero, 1989. (pp. 20-23)

[3] Eco, Umberto. Los límites de la interpretación. Barcelona: Lumen, 1992.

[4] Eco, Umberto. Los límites de la interpretación. Barcelona: Lumen, 1992. (p. 370)

[5] Para una introducción más amplia a Jean Bollack véase el dossier sobre el autor publicado en Quimera, nº 202 (2001), 20-39.

[6] Vossler, Kart. Formas poéticas de los pueblos románticos. Buenos Aires: Editorial Losada, 1960. (pp. 11-12)

[7] Guillén, Jorge. Lenguaje y poesía. Madrid: Alianza, 1969. (p. 195)

Labios

Labios

Si el aislamiento retiene los barrotes,
si la letanía nos creó como somos,
¿por qué me abandonaste?

Fue la deriva que descubrí en tus mares,
en la quita de tus cielos incólumes,
en los restos de tu solsticio invertebrado,
la promesa incumplida de tu profundidad.

Arrancaré con mis dientes
el cebo que dejaste en mis heridas abiertas,
la verdad atrapada en tus manos nerviosas.

Ahora veo un reflejo en la pantalla,
la mirada perdida en un infinito
donde no hay restos de ti,
imágenes enquistadas en tu pupila seca.

La emoción del pasado
queda atrapada entre respiraciones de salitre,
entre lo abrupto de tus palabras deshilachadas,
entre la distancia que no deja de crecer.

La verdad estuvo siempre ahí,
a poco centímetros de mis epitelios.

La ceguera no quiso dejarme
postales desde el pasado,
subvierte un futuro sin nombres.
Devorados por la salinidad
que siempre nos acompañará,
sobrevivimos al borde del pasado.

Y el sonido de tu voz,
la lejanía de tu ausencia,
no puedo echarte de menos,
nos sentamos a la misma mesa
y ya nunca nos levantamos.

Pablo Malmierca

Necesidad

Necesidad

 

El  arco iris como dogma de fe,

recuerdo de una infancia inconclusa,

así el asombro de una voz.

 

El mundo desde la óptica del espectador

fragmenta los latidos de la lluvia.

La ansiedad en unos labios ajenos

se despliega sobre el jazmín de tus párpados.

 

El aroma a sándalo e incienso

impregna las dudas del porvenir,

siempre es más bello el horizonte

que por desconocido se pliega en la noche.

 

Necesito creer en ti,

los nombres se deshacen en el pálpito de una estrella;

necesito reconocerme en las palabras

que no dices,

en la respiración que posas en mis sienes.

 

Necesito creer en ti,

para alejarme de mis propios pasos,

para volar hacia el amanecer

que nos reconoce.

 

Me reconozco en tus promesas,

en el tiempo que se retuerce en tus manos,

en mi propia necesidad de existir.

 

Pablo Malmierca

Programa de radio “Esquirlas en el aire”.

Desde la radio comunitaria Radio Oasis de Salamanca emitimos el programa “Esquirlas en el aire” un viernes de cada dos a las 22:00 hora española. En el programa me acompaña María Ángeles Gutiérrez Tábara y solemos entrevistar a todos los poetas que nos quieran acompañar. Además el programa se abre con un poema escrito por una poeta, recomendamos un libro de poesía en cada programa e incluímos canciones basadas en poemas o poemas musicados.

Os dejo algunos de los últimos programas por si queréis disfrutarlos.

Programa-entrevista dedicado a la poeta leonesa Nuria Antón.

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Programa-entrevista dedicado a la poeta zamorana Carmen Prada.

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Programa monográfico dedicado a la figura de Ángel González.

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Programa-entrevista a la poeta y profesora de la Universidad de Salamanca Celia Corral Cañas.

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Geografía del amor. Reseña de “Del polen al hielo.” Luis Ramos, Baile del Sol: 2017.

Geografía del amor. Reseña de Del polen al hielo. Luis Ramos, Baile del Sol: 2017.

Doctor en Filosofía, profesor y cantautor, ha participado en diferentes formaciones musicales y poéticas. Aparece en varias antologías, como Todos de Etiqueta (Colección Barrio Maravillas, Junta de Castilla y León, 1986), o Nacidos en los 50. Antología de poetas zamoranos (Diputación de Zamora, 1998).

Especialista en la poesía de Claudio Rodríguez sobre quien realizó su tesis doctoral, ha publicado artículos en revistas culturales como Archipiélago, Revista de Estudios Orteguianos, Aventura, Alfa, República de las Letras, Zurgai, Duererías o Campo de Agramante. En colaboración con el profesor y novelista  Luis García Jambrina ha escrito Guía de Lectura de Claudio Rodríguez y la edición de Claudio Rodríguez para niños ambos en (Ediciones de la Torre, 1988).

Ha musicado y cantado poemas de Agustín García Calvo, Claudio Rodríguez, José Hierro, Fernando Pessoa, Isabel Escudero, Jesús Hilario Tundidor, Pablo Neruda, y otros propios. A partir de estos trabajos graba en 2001 el CD La canción que cantábamos juntos, sobre poemas, entre otros, de García Calvo y Claudio Rodríguez; así mismo en 2003, graba el CD Por arroyo y senda dedicado a varios poemas del libro Valorio 42 veces de Agustín García Calvo; y en 2007 saca a la luz el CD El aire de los sencillo, dedicado enteramente a la poesía de Claudio Rodríguez, y en el que aparece acompañado de cantantes como María Salgado y Eliseo Parra.

En 2002 publica en la Editorial Semuret Por el aire del árbol (Canciones y poemas desde los niños) con prólogo de Agustín García Calvo y De semilla de manzana (Recetario poético-musical) con prólogo de Miguel Manzano Alonso, ambos ilustrados por Guillermo Tostón y Aser Martín. Autor de los libros de poemas Entre cunetas y Nubes de evolución.

En la actualidad está pendiente de publicar con el contador y poeta Fernando Martos, la antología Claudio Rodríguez para Jóvenes.

El libro que hoy nos ocupa se divide en dos partes que en realidad son dos libros diferentes que están unidos por un tema tan universal como el amor. El amor a la pareja y el amor a la madre. Dos libros, un sentimiento, pero tratados de un modo diametralmente opuesto.

El lirismo de Manchas de polen frente al realismo descarnado de Escandas del hielo.

Manchas de polen se despliega como un tratado científico donde la botánica y la entomología se convierten en metáfora viva del amor a la pareja. El amor no es solo sentimiento, es ante todo acción y convivencia; y es aquí donde se despliega en toda su riqueza el paralelismo entre la metáfora que busca explicar poéticamente la utilidad y el uso que el hombre da a los insectos, convirtiendo esta primera parte en una auténtica entoentomología, que no es más que la investigación de la percepción, los conocimientos y los usos de los insectos en la diferentes culturas humanas. La observación acaba en la exposición paralelo de los sentimientos, identificados con insectos como mariposas, mantis, libélulas. Cada uno convertido en símbolo que trasciende la metáfora para construir una especial visión del amor que Luis Ramos nos ofrece en Manchas de polen.

Estos dos libros de poemas están unidos por una etnografía del amor.

Escandas de hielo, a través de la costumbre del contacto con el ser querido, la madre, ofrece una geografía humana que abarca la cotidianeidad como reflejo de los sentimientos que nos unen a las personas con las que compartimos el día a día. Son estas escandas reflejo de una infancia dura, que transita entre los puestos del Mercado Central de Zamora, infancia marcada por el hielo, el pescado y los clientes que pasan cada día frente al puesto regentado por la madre de nuestro poeta.

Libro de libros que nos trae la viveza de dos amores uno marcado por el pasado y la actividad económica de la madre del poeta y otro presente, actual donde la vida en pareja marca el rumbo de los poemas que lo componen.

Lirismo alejado de la poesía de la experiencia que se acerca más a lo vivido y lo vívido a través de la influencia de autores como Claudio Rodríguez, sin desechar en ningún momento los toques de denuncia y crítica social.

Aldealengua, en un lluvioso junio de 2018.

Sobre poetas lectores

Sobre poetas lectores

Siempre recuerdo esas fotografías de Vicente Aleixandre donde aparece rodeado de un buen número de poetas, desde un recién llegado a Madrid Claudio Rodríguez a un jovencísimo Valente; o echando la vista a una época anterior la relación de Juan Ramón Jiménez con la Generación del 27. Decía  Rafael Alberti en 1980: “Por aquellos apasionados años madrileños, JRJ era para nosotros, más que Antonio Machado, el hombre que había elevado a religión la poesía, viviendo exclusivamente por y para ella, alucinándonos con su ejemplo”, y Juan Ramón también describió perfectamente el espíritu de estos jóvenes poetas en carta a Gerardo Diego en 1920: “Me parece magnífico que los nuevos -ustedes aquí, en este caso- hagan lo que hacen, y lo otro y lo de más allá, todo cuanto signifique ‘contra’ y ‘verde’, único valor juvenil, mientras cada uno -el que pueda- va encontrando por sí solo, aún dentro de su grupo natural, su propio clasicismo”. Incluso en la carta a Jorge Guillén de 1922: “¡Qué alegría ver subir ‘nuevos completos’ como usted!…”. “Jamás poeta español iba a ser más querido y escuchado por toda una rutilante generación de poetas”, escribió en sus memorias Rafael Alberti.

En los tiempos que corren, ajenos en muchas aspectos a la tradición, donde se vive en un presente continuo sin pasado y sin futuro, con unos dirigentes políticos que priman el cortoplacismo frente a cualquier plan de futuro, donde los adolescentes, y los no tan adolescentes, viven abducidos por un hedonismo superfluo y melifluo, la poesía ha dejado de vivir contemplando el pasado con admiración. La figura del maestro ha desaparecido, por desgracia para los poetas jóvenes no existe ningún Aleixandre, ningún Juan Ramón Jiménez en el que reflejarse y con el que departir sobre poesía.

Ya sea porque para ser poeta importa más el branding que el consejo de un maestro; ya sea porque cada vez hay más escritores que han decidido que para serlo no es necesario conocer la tradición; ya sea porque la poética de la normalidad ha defenestrado líneas muchos más interesantes y con más cosas que decir; ya sea porque en poesía también se ha instalado el miedo y es más fácil ser aceptado escribiendo poesía comercial; ya sea…

La realidad es que entre tanto ruido cada vez es más difícil encontrar apuestas rotundas por la palabra. Vivimos frente a un televisor que pocas veces conseguimos sintonizar, un lugar donde el ruido blanco se ha instalado como discurso plenamente aceptado. Un lugar de escritores que han dejado de ser lectores, que se jactan en ocasiones de no haber leído un libro, que se enorgullecen de su ignorancia porque así se asimilan a una cultura de la imagen que desprecia la letra escrita, que sumen así su escritura en un charco del que es muy difícil salir, un charco en el que todos saltan felices.

Pero, como decía antes, frente a la ausencia de maestros generacionales se erige una nueva figura la del poeta-lector. Frente a tanta dejadez y gusto por el éxito fácil implantado por la mercadotecnia, una serie de escritores siguen creyendo en el valor de la tradición, ya sea para continuarla, ya sea para intentar sobrepasarla, y en sus textos se leen entre líneas a grandes o pequeños poetas, a pensadores o novelistas, incluso resuenan múltiples resonancias musicales.

Una poesía, en definitiva, rica en matices, en la que escuchamos la enseñanza de maestros que ejercen sus magisterio desde sus libros, desde la atenta lectura de esos poetas que se elevan por encima del ruido y son capaces de ofrecernos la música de sus poemas.

Metafísica de la palabra, reseña de “Del fruto que arde”. Luis Llorente, La Garúa: 2017.

Metafísica de la palabra, reseña de Del fruto que arde. Luis Llorente, La Garúa: 2017.

Luis Llorente Benito nació en Segovia en 1984. Estudió Filología Hispánica en la Universidad de Salamanca. En 2010 publicó su primer libro de poemas: La rutina de la nieve (Huerga & Fierro). Poemas suyos han aparecido en diversas revistas, como la chilena Azu@rte (2009) o las mexicanas Migala (2012) y Ritmo (2015). Y ha sido incluido en varias antologías, como Poetas de Castilla y León, editada por Punto de Partida, de la Universidad Nacional de México (2010); La deriva alucinada: poesía en Salamanca (Luxemburgo, 2013), o El Salón Barney (Playa de Ákaba, 2014), y más recientemente en Nacer en otro tiempo. Antología de la joven poesía española. (Renacimiento, 2016).

Finalista en dos ocasiones del Premio Adonáis de poesía.

En 2011 fue invitado a participar en el ciclo Intersecciones, de la Universidad de Salamanca. Y, en 2015, fue contratado por el Ayuntamiento de Segovia para el XVI Festival Narradores Orales, dentro del programa La poesía también cuenta, que se desarrolló en verano en la Casa-Museo Antonio Machado. En otoño de 2015 apareció su segundo poemario: El vuelo y la mirada, en la editorial sevillana La Isla de Siltolá. Y en 2017 en la editorial La Garúa su último poemario, del que hoy nos ocupamos, Del fruto que arde.

Acercarse a la poesía de Luis Llorente es un trabajo que requiere de un bagaje anterior, Luis es ante todo un gran lector y en su poesía resuenan los versos de Vicente Aleixandre, Luis Cernuda, Luis Javier Moreno, Valente, san Juan de la Cruz, Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado o nuestro querido Claudio Rodríguez. Ya decía Miguel Floriano en su reseña a El vuelo y la mirada:

           ” Su poesía, que bebe hondamente de la tradición española y, sobre todo, del telurismo de Claudio Rodríguez, es una proclamación hímnica de la belleza sostenida por el mundo. La feroz corriente que se establece entre sus poemas y el lector –esto es, el verdadero fenómeno poético– acoge en su seno una emoción de doble naturaleza, en cuanto considerada y vivida al mismo tiempo. Este carácter dual funcionaría como trasunto a posteriori de su ars poetica: el poema se engendra desde la revelación suministrada por una sensibilidad despierta y la experiencia literaria que esta concita. Basten unos versos suyos para sintetizar su poética: ‘’Palabra / de celebración’’.”

Del fruto que arde es un poemario que se construye en el camino inserto en plena naturaleza de Castilla, el poeta andariego contempla  y como dice (Acaso quien camina es invisible / y oculta la tarea de la tierra / en el polvo cansado del prodigio, / en el tiempo robado al horizonte / para existir secreto / y en la hora azul cambiar / la muerte por la vida.)

Será la luz, el amanecer, el punto en que la “honda claridad” nos ayude a ver (Ver es una forma / de decir, de palpar / el grito aciago, la canción / presente de la tierra). El temblor, la multiplicidad del mundo, hará que nazca la voz, la palabra, en el preciso instante de la contemplación. El mundo representado en las pequeñas cosas nos abre hacia el absoluto ( y se expanda lo absoluto en el aroma de una tímida planta de romero). Sin embargo, la mirada movida por el temblor en ocasiones no conoce lo que toca y todo se vuelve opaco (Y yerra esta mirada / porque no conoce lo que toca; apenas es residuo / y se convierte en un temblor opaco.) Pero el instante nos acabará desvelando la luz del instante (Es ofrenda/ que alarga el resplandor de su prodigio, / la perpleja vela del instante)

Frente a la luz su reverso la oscuridad identificada con la muerte, serán el tiempo y el olvido su aliados. Aparece otro de los conceptos claves la herida, la cicatriz como voz del paisaje el verano hace que “lo que carece de luz vuelve a su gozo”.

Aquel temblor que nos movía está íntimamente relacionado con la música, con “la música olvidada de las cosas”. El poeta se contempla acompañado por otro que le acompaña por el aire que separa “la belleza de la muerte”, parte inmaterial que surge entre las ramas.

La contemplación de la verdad se acaba produciendo como una “llama (que) estalla, rompe el telón que se ha tejido hacia el fruto que arde”. El telos de la realidad deja ver el corazón de la materia, será el temblor el que desate la voz e interprete “el pobre diapasón de la materia”.

El vuelo devolverá los objetos a su orden y será el amanecer el encargado con su luz de que el poema sobreviva.

Es la celebración del yo lírico en el caminar el que hará renacer al corazón del olvido (es igual que caminar/ y de pronto celebrarse). Es la contemplación del don que alcanza al que escribe y al que lee. El don de encontrarse con tu otra luz transformada por el conocimiento, otro que espera ser a través de la contemplación. (Para vivir despacio con el llanto leve/ que no sirve de fuga a otro futuro./ Para extender la voz, hallar el aire,/latir con la palabra para urdir/ el tejido propicio del encuentro, escenario suspicaz de recogerse / y llama oblicua que devora el filo de la noche)

Pero el poeta va más allá y descubre que la respuesta que busca desde un principio  se encuentra en un punto más allá de la luz pues “es ese ser/ tan oscuro suplicando por la luz” quien la busca . (En la oscura luz está el despojo/ de la luz que se ahogaba en la presencia ama-/rilla del silencio) Y nos acabará reconociendo que (La esencia de las cosas/ no es su luz, sino su huella:/en el olvido van / a reflejarse las pisadas, razón del tiempo/ para el signo que atenaza su derrota); porque (para reconocer hay que esconderse,/ convertir el reflejo/ también en lo que huye,/también en la palabra/ que no se ha dicho hasta salir).

Nos encontramos por tanto ante una metafísica de la palabra, ontología del signo que se hace en la luz y en su reverso la sombra. El poeta andariego contempla en los campos de Castilla la verdad de lo que esconde la palabra, la verdad oculta tras los símbolos del poeta: el temblor, la música, el amanecer y su fruto la luz, la noche y su realidad: la oscuridad. Una búsqueda del significado del fruto que arde, de la palabra poética. La poesía como don-celebración, pero también como sufrimiento, como herida.

 

Aldealengua, mayo 2017.

Poema de amanecida

Poema de amanecida
 
Tirita el monte,
crepitan las ascuas del roce.
Emborráchate de los hilos de la lumbre,
llámame en lugar de llorarte.
 
Construye lápidas de cobre,
puertas de brea,
unos zapatos nuevos
con las esquirlas del aire que respiras.
 
Al amanecer,
la reconstrucción de las sombras
mostrará los senderos
de tu último viaje.
 
La luz, el vuelo,
la verticalidad del páramo,
el grito de las cornejas,
el aroma de tus sienes.
 
Todo me recuerda
al ansia de seguir tus pasos.
 
Pablo Malmierca

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