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Semillas en campos ajenos

Poesías, prosa, reseñas y fotografías de Pablo Antonio García Malmierca

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Reseñas

Cthulhu, Trump y Jim Goad. Una aproximación a “La llamada de Cthulhu” de H. P. Lovecraft.

Ph’nglui mglw’ nafh Chtulhu R’lyeh wgah’ nagl fhtagn

Relato fundacional del ciclo de Cthulhu, La llamada de Chtulhu, representa uno de los momentos clave en la formulación de la criatura mitológica creada por Lovecraft: Chthulhu.  En “The Dunwich Chimera and Others: Correlating the Chtulhu Mythos”, Will Murray relaciona a Cthulhu con el kraken, la criatura marina descrita por primera vez en la obra de Erik Ludvigsen Pontoppidan Historia natural de Noruega, publicado originalmente en danés en 1752-1753: “La llaman el “kraken” o “kraxen”, y algunos le dan el nombre de “krabben”, palabra que se le aplica como un modo de ensalzar a esa criatura. Este último apelativo parece sin duda el que mejor se ajusta a la descripción de esta criatura, que es redonda, plana y tiene numerosos brazos, o ramificaciones”. De acuerdo con la leyenda, sólo había dos de estas criaturas, prácticamente inmortales y que emergerían con el Apocalipsis. El poema “El kraken” (1830) de Alfred Lord Tennyson describía la criatura, y Lovecraft, plantea Murray, debía de conocer bien su leyenda[1].

The Kraken

Alfred Lord Tennyson, 1809 – 1892

Below the thunders of the upper deep,
Far, far beneath in the abysmal sea,
His ancient, dreamless, uninvaded sleep
The Kraken sleepeth: faintest sunlights flee
About his shadowy sides; above him swell
Huge sponges of millennial growth and height;
And far away into the sickly light,
From many a wondrous grot and secret cell
Unnumbered and enormous polypi
Winnow with giant arms the slumbering green.
There hath he lain for ages, and will lie
Battening upon huge sea worms in his sleep,
Until the latter fire shall heat the deep;
Then once by man and angels to be seen,
In roaring he shall rise and on the surface die.

En una de sus cartas Lovecraft indica el origen de la pronunciación de su nombre “[…] se supone que la palabra representa un torpe intento humano de captar la fonética de una palabra absolutamente no humana. El nombre de esta entidad infernal lo inventaron seres cuyos órganos vocales no eran como los del hombre y, por consiguiente, no tiene relación con los instrumentos del habla humana. Las sílabas las determinaron órganos fisiológicos totalmente diferentes a los nuestros, por lo que nunca podrían ser perfectamente pronunciadas por gargantas humanas […] Hasta el momento de la historia en que el prf. Angell se interesa por la cuestión, no se había producido ningún intento de representar el nombre del diabólico monstruo de R’lyeh en nuestro alfabeto, aunque Abdul Alhazred trató de hacerlo en árabe, algo que repitió en griego el traductor bizantino. El traductor al latín simplemente copió el griego. Las letras CTHULHU fueron simplemente el modo que ideó el prof. Angell de representar (tosca e imperfectamente, desde luego) el nombre escuchado en sueños por el joven artista Wilcox que luego este le trasmitió oralmente. El sonido real -en una aproximación tan cercana como los órganos humanos podrían imitarlo o las letras humanas registrarlo- sería algo similar a Khlul-hlu, pronunciando la primera sílaba de forma gutural y muy áspera. La u sonaría más o menos como en la palabra full: y la primera sílaba, no muy distinta a klul de tal modo que la h representa la aspereza gutural” (carta de Lovecraft a Fuane Rimel, 23 de julio de 1934, Select Letters, vol. V, pp. 10-11)[2]

Otra de las características propias de este relato y recogida por Robert M. Price (edición La saga de Chtulhu) son las varias concomitancias con la realidad que ve como un chiste interno. George Gammell Angell deriva de Angell Street en Providence, el “Viejo Castro” estaría basado en el corrector de textos de Lovecraft Adolphe DeCastro, el innombrado Patterson, el geólogo de Nueva Jersey, está basado muy cerca en el compañero de Lovecraft del club de Kalem James Ferdinand Morton, la “horrible” casa Fleur-de-Lys en la que reside Wilox es completamente real y pueden hallarse donde Lovecraft la situó[3].

Originalmente esta historia apareció publicada en Weird Tales 11, 2( febrero 1928) pp. 159-178, 287. Pero, como nos indica Leslie S. Klinger en su Lovecraft anotado[4], fue escrito en agosto o septiembre de 1926, a partir de un bosquejo previo. Fue rechazado por Weird Stories en su forma inicial, reescrita en julio de 1927 y publicada con posterioridad en su forma definitiva.

Narratológicamente es un relato en el que las tres historias que lo componen, que con toda probabilidad fueran escritas de manera independiente, se engarzan entre ellas a través de dos técnicas fundamentales: la del manuscrito encontrado y la del personaje común, Wilcox. Lovecraft demuestra su maestría haciendo que la leamos como una sola, incluyendo elementos comunes a toda la trama y aumentando la tensión hasta el momento final donde el clímax de la narración estalla en la aparición real de Chutlhu.

Este relato, como otros de Lovecraft, a poco que pensemos, tiene mucho de visionario. Es fácil pensar en esos habitantes de las zonas pantanosas de Nueva Inglaterra, adoradores de la figurilla de Chtulhu, con la única pretensión de devolverlo a la vida desde esa ensoñación continua en la que vive, e identificarlos con esa América redneck, tan bien prefigurada por Jim Goad en su Manifiesto Redneck[5]. En la actualidad, y al contrario de lo que ocurre en el relato que nos ocupa, esos adoradores del Chtulhu, representado en una figurilla de un blanco inmaculado, perdedores del relato, la han cambiado por la figura de Donald Trump y han pasado a ser los grandes vencedores de la Norte América más profunda. Imponiendo su elección al resto de norteamericanos. ¿Será Trump el gran dios blanco que despierta de su letargo? ¿No será su supremacismo el aviso de una gran catástrofe? Quizá Lovecraft tuviera la respuesta.

Pablo A. García Malmierca. Aldealengua. En un frío mayo de 2018.


[1] H. P. Lovecraft anotado. Akal, 2017. pág. 147.

[2] H. P. Lovecraft anotado. Akal, 2017. pág 148-149

[3] La saga de Chutlhu.La Factoría de Ideas, 2001.  pág 48.

[4] H. P. Lovecraft anotado. Akal, 2017. Pág. 145.

[5] Dirty Works, 2017.

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El horror de Dunwich, H. P. Lovecraft. Una aproximación.

H. P. Lovecraft escribió este relato en septiembre de 1928 y se publicó por primera vez en la revista pulp Weird Tales 13,4 (abril, 1929), pp. 481-508. Esta era la vía habitual de publicación de todos los relatos que aparecieron en imprenta durante la vida del autor, tendríamos que esperar a su fallecimiento para que su círculo literario publicara todo el material que había producido a lo largo de su vida.

El horror de Dunwich pertenece a los grandes relatos del llamado Ciclo de Dunwich, en concreto es el tercero en orden cronológico, siendo el primero The call of Cthulhu del año 1926 y el último The shadow out of time de 1935.

Podríamos incluirlo en el que Lovecraft denominaba su ciclo de Arkham, historias ambientadas en la Nueva Inglaterra rural y con la Universidad de Miskatonic como eje central. Posee como peculiaridad la cita más larga del libro prohibido del Necronomicón, escrito por el árabe loco Abdul Alhazred. Además es considerado uno de los textos del autor que más se acercan a la Biblia, de los que se ha dicho es, en cierto modo, una parodia.

Pero el extenso bagaje cultural de Lovecraft no se queda solo en las referencias bíblicas o al folklore de Nueva Inglaterra, en El horror de Dunwich la intertextualidad es fundamental, se toman elementos de El gran dios Pan de Arthur Manchen, El horla de Guy de Maupassant, ¿Qué fue eso? de Futz-James O’Brien y El Wendigo de Algernon Blackwood. Pese a todo, el relato fue uno de los más aclamados por los lectores de Weird Tales y sigue siendo uno de los más populares del de Providence.

La obra de Lovecraft ha sido etiquetada como horror cósmico. Hablamos de horror cósmico cuando entidades que habitan otras dimensiones llegan a la nuestra para destruirla, bien porque son invocadas, bien porque su naturaleza les hace atravesar determinados portales y así tomar posesión de nuestro mundo. Una de las características propias de este terror es la aparición de seres a los que no les corresponde estar aquí, Lovecraft  aprovecha la categoría de lo extraño, de lo diferente para provocarnos una sensación que recientemente Mark Fisher ha denominado “lo raro”, en palabras de Maurice Lévy, lo exterior puede irrumpir, a través del tiempo y el espacio, en una situación objetivamente familiar. En este sentido Lovecraft utiliza los recursos de literatura realista para crear una sensación de extrañeza que nos acerca a la sensación atávica del terror.

Otra de las características propias del autor es su claro cientificismo, pese a calificar a los seres interdimensionales en muchas ocasiones como indescriptibles, siempre trata de buscar una explicación o una solución que pasa por descripciones que se ajustan a elementos reconocibles por todos nosotros, a elementos familiares, como ocurrirá en el texto que nos ocupa; o bien serán personajes ilustrados, portadores de grandes conocimientos librescos, tal y como le ocurría al propio autor, los que encuentren una solución que los habitantes locales serían incapaces de alcanzar.

La prevalencia de Lovecraft en la literatura y el pensamiento es cada vez más importante. Es uno de los pocos casos en los que los estudios literarios han recuperado a un autor underground para llevarlo a las universidades y a la crítica literaria. Recientemente la línea filosófica conocida como Realismo especulativo ha desenterrado las referencias al mundo actual que la obra del creador del Necronomicón parece contener. Obras como la Ciclonopedia de Reza Negarestani, donde Cthulhu habita el fondo de la tierra en forma de las grandes reservas de petróleo que mueven el mundo actual o En el polvo de este planeta de Eugene Thacker, actualizan un pensamiento que trasciende la literatura de género y eleva cada vez más escalones en el conocimiento del mundo que nos rodea.

Es fácil contemplar El horror de Dunwich como una profecía del miedo que tiene la sociedad actual hacia lo diferente, hacia el mestizaje, personajes imbuidos en un mundo cerrado como el de la Nueva Inglaterra rural que solo conocen aquello que les rodea, desconocen la diferencia. Un miedo atávico que convierte las leyendas en realidades y provocan reacciones en masa contra aquello que nos resulta desconocido. “Lo raro” frente a lo conocido, ¿qué hay que provoque más miedo en la actualidad?

Pablo A. García Malmierca. Aldealengua, primavera de 2018.

Libros sobre la grieta

Libros sobre la grieta.

El pasado martes tuve la suerte de escuchar en Salamanca, en la librería Letras Corsarias, a Chantal Maillard. Hablaba sobre su último libro La compasión difícil,  su discurso actuó como disparador de una serie de cuestiones que últimamente son el centro de mi pensamiento.

Chantal Maillard no es una autora que busque el beneplácito del público, para quienes no se hayan acercado a esta última publicación les diré que se trata de un ensayo que orbita alrededor del  mito de Medea y a una cuestión principal como es la compasión hacia el otro y hacia uno mismo. Sin embargo, me interesaron más la periferias de su discurso. La autora defiende el antiguo movere latino, toda lectura debe provocar en el lector un sentimiento que para mí se entronca con aquellas palabras de Hegel: “El espíritu solo alcanza su verdad cuando es capaz de encontrarse a sí mismo en el más absoluto desgarramiento”. La herida, la grieta entre el uno y el otro, y, a veces, con uno mismo, es esa distancia, ese sentimiento de angustia en el pensar el que se convierte en apertura, en conocimiento.

Esto nos lleva a otra de las ideas que de forma lateral tocó la escritora, y que es idea recurrente en los libros de Byung-Chul Han: la autocomplacencia y el hedonismo superficial del mundo actual. Recogiendo tesis ya aparecidas anteriormente en autores como Guy Dabord en su fundacional La sociedad del espectáculo, o en Peter Sloterdijk El desprecio de las masas. Ensayo sobre las luchas culturales de la sociedad moderna. El filósofo coreano analiza las relaciones entre iguales en el mundo actual como un tejido social donde buscamos al que piensa como nosotros para afianzar nuestra zona de confort y así, desde un simplista pensamiento positivo, alcanzar una felicidad enlatada donde nada chirríe ni se aleje de un horizonte de expectativas cada vez más estrecho. Un caldo de cultivo abonado donde se sustituye el concepto de verdad por el de postverdad. La nueva caverna platónica donde las sombras han sido sustituidas por la rápida sucesión de información e imágenes que impiden crear una visión global de la realidad, sustituyéndola por fragmentos más próximos a nuestros deseos que a la propia verdad.

Es en este punto donde libros o discursos como el de Chantal Maillard se hacen necesarios. La distancia, la grieta entre la tradición de pensamiento europea que se origina con la Ilustración y que tiene su máximo exponente en Kant, y la evolución del pensamiento de las masas se está acrecentando. En una sociedad donde cada vez nos alejamos más de la diferencia como elemento constitutivo de significados, donde la uniformidad y el interés económico priman sobre la definición del individuo, la grieta entre verdad y deseo se acrecienta hasta convertirse en un obstáculo insalvable.

Este es el lugar de los intelectuales comprometidos: la grieta. Sobre este hueco en el conocimiento se debe aposentar el discurso de los que todavía fundan sus palabras en el motor del desgarro, de aquellos a los que no les tiembla la voz cuando deben nombrar al dolor, al cuerpo como vía de acceso del afuera en nosotros. En un mundo dominado por la imagen el placer fugaz y fortuito de lo igual hemos olvidado que nos relacionamos con el mundo a través del cuerpo, en él quedan inscritos nuestros recuerdos antes que en nuestras neuronas, hemos olvidado el tacto como vía de acceso hacia los demás. Lo hemos sustituido por la pantalla, somos pantallas replicantes que reproducen comportamientos dados, se nos ofrece aquello que queremos ver, se nos hace olvidar una de nuestras facultades primordiales: la crítica.

Alguien podría tacharme de, parafraseando a Umberto Eco, apocalíptico. La vieja lucha entre la modernidad y el pasado. Nada más lejos de la realidad. La uniformidad, el hedonismo fácil, nos hace involucionar, volver al momento en que la sociedad era dominada por aquellos que poseían el conocimiento y dejaban a los demás en las tinieblas de la ignorancia. Esta nueva caverna digital en la que vivimos nos retrotrae a aquellos tiempos, nos convierte en sujetos fácilmente manipulables, en meros elementos consumistas, piezas de un engranaje que sin el consumo no podría subsistir. El desgarro, la verdad del “homo doloris” nos acerca más a la libertad, a la verdad.

Pablo Malmierca. Aldealengua, 6 de febrero de 2019

Travesía

Hay autores que siempre evocan, que hacen saltar el percutor de la poesía, uno de ellos es Vicente Muñoz Alvarez, esta es mi lectura poética de su último libro “Travesía” publicado por Chamán Ediciones.

Travesía

¿Quién cabalga sobre el embate de las olas?
¿Quién yace acariciado por la locura de los libros?
¿Quién oculto en lo más profundo de un faro?
¿Quién aquejado de la codicia de Babel?

El viejo lobo de mar,
cubierto su rostro de cicatrices,
manchado su corazón del salitre,
con la sangre en sus oídos,
los párpados rotos de caminar entre sirenas.

La vida delatada frente a un falso testigo,
el hundimiento del mundo
golpeado contra el acantilado de los objetos inútiles.

Un grito de salvación:
el mar, la mar…
toda la paz de un alma perdida.

Pablo Malmierca

Geografía del amor. Reseña de “Del polen al hielo.” Luis Ramos, Baile del Sol: 2017.

Geografía del amor. Reseña de Del polen al hielo. Luis Ramos, Baile del Sol: 2017.

Doctor en Filosofía, profesor y cantautor, ha participado en diferentes formaciones musicales y poéticas. Aparece en varias antologías, como Todos de Etiqueta (Colección Barrio Maravillas, Junta de Castilla y León, 1986), o Nacidos en los 50. Antología de poetas zamoranos (Diputación de Zamora, 1998).

Especialista en la poesía de Claudio Rodríguez sobre quien realizó su tesis doctoral, ha publicado artículos en revistas culturales como Archipiélago, Revista de Estudios Orteguianos, Aventura, Alfa, República de las Letras, Zurgai, Duererías o Campo de Agramante. En colaboración con el profesor y novelista  Luis García Jambrina ha escrito Guía de Lectura de Claudio Rodríguez y la edición de Claudio Rodríguez para niños ambos en (Ediciones de la Torre, 1988).

Ha musicado y cantado poemas de Agustín García Calvo, Claudio Rodríguez, José Hierro, Fernando Pessoa, Isabel Escudero, Jesús Hilario Tundidor, Pablo Neruda, y otros propios. A partir de estos trabajos graba en 2001 el CD La canción que cantábamos juntos, sobre poemas, entre otros, de García Calvo y Claudio Rodríguez; así mismo en 2003, graba el CD Por arroyo y senda dedicado a varios poemas del libro Valorio 42 veces de Agustín García Calvo; y en 2007 saca a la luz el CD El aire de los sencillo, dedicado enteramente a la poesía de Claudio Rodríguez, y en el que aparece acompañado de cantantes como María Salgado y Eliseo Parra.

En 2002 publica en la Editorial Semuret Por el aire del árbol (Canciones y poemas desde los niños) con prólogo de Agustín García Calvo y De semilla de manzana (Recetario poético-musical) con prólogo de Miguel Manzano Alonso, ambos ilustrados por Guillermo Tostón y Aser Martín. Autor de los libros de poemas Entre cunetas y Nubes de evolución.

En la actualidad está pendiente de publicar con el contador y poeta Fernando Martos, la antología Claudio Rodríguez para Jóvenes.

El libro que hoy nos ocupa se divide en dos partes que en realidad son dos libros diferentes que están unidos por un tema tan universal como el amor. El amor a la pareja y el amor a la madre. Dos libros, un sentimiento, pero tratados de un modo diametralmente opuesto.

El lirismo de Manchas de polen frente al realismo descarnado de Escandas del hielo.

Manchas de polen se despliega como un tratado científico donde la botánica y la entomología se convierten en metáfora viva del amor a la pareja. El amor no es solo sentimiento, es ante todo acción y convivencia; y es aquí donde se despliega en toda su riqueza el paralelismo entre la metáfora que busca explicar poéticamente la utilidad y el uso que el hombre da a los insectos, convirtiendo esta primera parte en una auténtica entoentomología, que no es más que la investigación de la percepción, los conocimientos y los usos de los insectos en la diferentes culturas humanas. La observación acaba en la exposición paralelo de los sentimientos, identificados con insectos como mariposas, mantis, libélulas. Cada uno convertido en símbolo que trasciende la metáfora para construir una especial visión del amor que Luis Ramos nos ofrece en Manchas de polen.

Estos dos libros de poemas están unidos por una etnografía del amor.

Escandas de hielo, a través de la costumbre del contacto con el ser querido, la madre, ofrece una geografía humana que abarca la cotidianeidad como reflejo de los sentimientos que nos unen a las personas con las que compartimos el día a día. Son estas escandas reflejo de una infancia dura, que transita entre los puestos del Mercado Central de Zamora, infancia marcada por el hielo, el pescado y los clientes que pasan cada día frente al puesto regentado por la madre de nuestro poeta.

Libro de libros que nos trae la viveza de dos amores uno marcado por el pasado y la actividad económica de la madre del poeta y otro presente, actual donde la vida en pareja marca el rumbo de los poemas que lo componen.

Lirismo alejado de la poesía de la experiencia que se acerca más a lo vivido y lo vívido a través de la influencia de autores como Claudio Rodríguez, sin desechar en ningún momento los toques de denuncia y crítica social.

Aldealengua, en un lluvioso junio de 2018.

Metafísica de la palabra, reseña de “Del fruto que arde”. Luis Llorente, La Garúa: 2017.

Metafísica de la palabra, reseña de Del fruto que arde. Luis Llorente, La Garúa: 2017.

Luis Llorente Benito nació en Segovia en 1984. Estudió Filología Hispánica en la Universidad de Salamanca. En 2010 publicó su primer libro de poemas: La rutina de la nieve (Huerga & Fierro). Poemas suyos han aparecido en diversas revistas, como la chilena Azu@rte (2009) o las mexicanas Migala (2012) y Ritmo (2015). Y ha sido incluido en varias antologías, como Poetas de Castilla y León, editada por Punto de Partida, de la Universidad Nacional de México (2010); La deriva alucinada: poesía en Salamanca (Luxemburgo, 2013), o El Salón Barney (Playa de Ákaba, 2014), y más recientemente en Nacer en otro tiempo. Antología de la joven poesía española. (Renacimiento, 2016).

Finalista en dos ocasiones del Premio Adonáis de poesía.

En 2011 fue invitado a participar en el ciclo Intersecciones, de la Universidad de Salamanca. Y, en 2015, fue contratado por el Ayuntamiento de Segovia para el XVI Festival Narradores Orales, dentro del programa La poesía también cuenta, que se desarrolló en verano en la Casa-Museo Antonio Machado. En otoño de 2015 apareció su segundo poemario: El vuelo y la mirada, en la editorial sevillana La Isla de Siltolá. Y en 2017 en la editorial La Garúa su último poemario, del que hoy nos ocupamos, Del fruto que arde.

Acercarse a la poesía de Luis Llorente es un trabajo que requiere de un bagaje anterior, Luis es ante todo un gran lector y en su poesía resuenan los versos de Vicente Aleixandre, Luis Cernuda, Luis Javier Moreno, Valente, san Juan de la Cruz, Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado o nuestro querido Claudio Rodríguez. Ya decía Miguel Floriano en su reseña a El vuelo y la mirada:

           ” Su poesía, que bebe hondamente de la tradición española y, sobre todo, del telurismo de Claudio Rodríguez, es una proclamación hímnica de la belleza sostenida por el mundo. La feroz corriente que se establece entre sus poemas y el lector –esto es, el verdadero fenómeno poético– acoge en su seno una emoción de doble naturaleza, en cuanto considerada y vivida al mismo tiempo. Este carácter dual funcionaría como trasunto a posteriori de su ars poetica: el poema se engendra desde la revelación suministrada por una sensibilidad despierta y la experiencia literaria que esta concita. Basten unos versos suyos para sintetizar su poética: ‘’Palabra / de celebración’’.”

Del fruto que arde es un poemario que se construye en el camino inserto en plena naturaleza de Castilla, el poeta andariego contempla  y como dice (Acaso quien camina es invisible / y oculta la tarea de la tierra / en el polvo cansado del prodigio, / en el tiempo robado al horizonte / para existir secreto / y en la hora azul cambiar / la muerte por la vida.)

Será la luz, el amanecer, el punto en que la “honda claridad” nos ayude a ver (Ver es una forma / de decir, de palpar / el grito aciago, la canción / presente de la tierra). El temblor, la multiplicidad del mundo, hará que nazca la voz, la palabra, en el preciso instante de la contemplación. El mundo representado en las pequeñas cosas nos abre hacia el absoluto ( y se expanda lo absoluto en el aroma de una tímida planta de romero). Sin embargo, la mirada movida por el temblor en ocasiones no conoce lo que toca y todo se vuelve opaco (Y yerra esta mirada / porque no conoce lo que toca; apenas es residuo / y se convierte en un temblor opaco.) Pero el instante nos acabará desvelando la luz del instante (Es ofrenda/ que alarga el resplandor de su prodigio, / la perpleja vela del instante)

Frente a la luz su reverso la oscuridad identificada con la muerte, serán el tiempo y el olvido su aliados. Aparece otro de los conceptos claves la herida, la cicatriz como voz del paisaje el verano hace que “lo que carece de luz vuelve a su gozo”.

Aquel temblor que nos movía está íntimamente relacionado con la música, con “la música olvidada de las cosas”. El poeta se contempla acompañado por otro que le acompaña por el aire que separa “la belleza de la muerte”, parte inmaterial que surge entre las ramas.

La contemplación de la verdad se acaba produciendo como una “llama (que) estalla, rompe el telón que se ha tejido hacia el fruto que arde”. El telos de la realidad deja ver el corazón de la materia, será el temblor el que desate la voz e interprete “el pobre diapasón de la materia”.

El vuelo devolverá los objetos a su orden y será el amanecer el encargado con su luz de que el poema sobreviva.

Es la celebración del yo lírico en el caminar el que hará renacer al corazón del olvido (es igual que caminar/ y de pronto celebrarse). Es la contemplación del don que alcanza al que escribe y al que lee. El don de encontrarse con tu otra luz transformada por el conocimiento, otro que espera ser a través de la contemplación. (Para vivir despacio con el llanto leve/ que no sirve de fuga a otro futuro./ Para extender la voz, hallar el aire,/latir con la palabra para urdir/ el tejido propicio del encuentro, escenario suspicaz de recogerse / y llama oblicua que devora el filo de la noche)

Pero el poeta va más allá y descubre que la respuesta que busca desde un principio  se encuentra en un punto más allá de la luz pues “es ese ser/ tan oscuro suplicando por la luz” quien la busca . (En la oscura luz está el despojo/ de la luz que se ahogaba en la presencia ama-/rilla del silencio) Y nos acabará reconociendo que (La esencia de las cosas/ no es su luz, sino su huella:/en el olvido van / a reflejarse las pisadas, razón del tiempo/ para el signo que atenaza su derrota); porque (para reconocer hay que esconderse,/ convertir el reflejo/ también en lo que huye,/también en la palabra/ que no se ha dicho hasta salir).

Nos encontramos por tanto ante una metafísica de la palabra, ontología del signo que se hace en la luz y en su reverso la sombra. El poeta andariego contempla en los campos de Castilla la verdad de lo que esconde la palabra, la verdad oculta tras los símbolos del poeta: el temblor, la música, el amanecer y su fruto la luz, la noche y su realidad: la oscuridad. Una búsqueda del significado del fruto que arde, de la palabra poética. La poesía como don-celebración, pero también como sufrimiento, como herida.

 

Aldealengua, mayo 2017.

Hombres que pisan esperanzas. Reseña de “Breve catálogo de insectos y otros seres menudos.” José Manuel Vivas, Lastura: 2018.

Hombres que pisan esperanzas. Reseña de Breve catálogo de insectos y otros seres menudos. José Manuel Vivas, Lastura: 2018.

 

Voy a comenzar hablando del título, Breve catálogo de insectos y otros seres menudos, pese a presentarse con clara intención entomológica no es ni más ni menos que un muestrario de lo que el ser humano puede hacer con el resto de sus congéneres. En estos tiempo en que todavía pervive el miedo hacia el otro, hacia el que es diferente a nosotros y nos hace vivir en una continua asepsia que nos lleva a cerrar fronteras y a encerrar a los migrantes en espacios que no existen para nosotros: bases abandonadas, campamentos en plena frontera, en definitiva no lugares que jamás habitaríamos de forma continua, lugares para la ignominia y la vergüenza.

Como decía, en estos tiempos donde el mayor enemigo del hombre es el hombre mismo la poesía comprometida se hace más necesaria y como dice el autor en su poema “La palabra y la espada” “… quien domina la palabra,/quien utiliza su locuaz trascendencia/ es el portador de los sueños, / es el constructor de la esperanza.” Poesía como elemento de denuncia, como elemento de lucha, de mejora en definitiva del ser humano desde el uso de la palabra, eso es lo que vamos a encontrarnos en este catálogo.

Los migrantes, los niños soldado, las niñas sometidas a ablación, los habitantes de los vertederos de las grandes ciudades, los consumidores de pegamento, las niñas prostituidas, todos y todas son para José Manuel Vivas pequeños insectos cuyas vidas penden de la decisión de otro hombre que los explota, que los maltrata, que los aplasta con el poder de sus manos. Esta característica vital del hombre actual marca al propio poemario que se inicia con un poema que no podría titularse de otra forma “Presentación de la bestia”,  donde nos presenta a este “bípedo animal incongruente”. El resto del libro se divide en dos partes “Prole” y “Memoria y olvido”.

“Prole” nos va mostrando bajo la mirada atenta del poeta y de su palabra certera y sobria como pide la temática de este catálogo, la vergüenza que nos acompaña como habitantes de este siglo XXI,  las pateras, los niños soldado, las favelas, Tinduf, la vida de los sin techo en San Petesburgo, Somalia, las esclavas sexuales, las fosas comunes. Un recorrido crudo y certero por las realidades que cada día pasan frente a nosotros por la televisión y a las que prestamos la misma atención que a un anuncio de coches, hemos aprendido a convivir con la miseria de otros sin que nos afecte y es aquí donde este poemario se vuelve necesario, nos hace reflexionar sobre esas realidades mostrándolas en forma de poema, haciéndonos mantener la mirada en aquello que queremos ignorar, aquello a lo que no prestamos atención suficiente: el sufrimiento ajeno. Muchas veces no somos conscientes como dice José Manuel en “Cuestión de tiempo” de que “Cada tres segundos muere un niño / en la calles, en los desiertos o en los bosques del mundo”, mientras recito estos versos acaba de morir otro niño. Realidades de las que nos hemos alejado desarrollando una insensibilidad que debemos dejar a un lado, recuperando la empatía y el afecto hacia los problemas de los demás.

La segunda parte y última del poemario “Memoria y olvido” deja a un lado el catálogo de realidades que nos ha mostrado, para de una forma más introspectiva clamar por la justicia, por algo tan básico como darnos cuenta de que hay otras realidades más allá de la televisión, más allá de la ficción de las series, más allá de nuestra zona de confort. Somos unos privilegiados aunque creamos que nuestros problemas son los más importantes del mundo. En “Declinaciones fuera de encuadre” dice el poeta “Presente imperfecto del verbo tener;/ Yo tengo comida, / tú tienes un supermercado, / él tiene hambre. / Nosotros tenemos agua, / vosotros tenéis el grifo, / ellos tienen sed. ”

Estamos, por tanto, ante un libro necesario, un libro que busca justicia y hacer justicia, un libro de denuncia, pero también de esperanza. Que busca aportar su grano de arena para cambiar el mundo, para abrirnos los ojos, para que podamos ver más allá de nuestras miserias diarias y que reconozcamos a aquellos que de verdad sufren, que de verdad necesitan nuestra ayuda. Libros como este se hacen cada vez más necesarios, para sacarnos de nuestra rutina que nos hace olvidarnos del otro, de sus necesidades que vemos lejanas a través de la pantalla de un televisor. Realidad al mismo nivel que la vemos en las calles de nuestras ciudades, pero que en muchas ocasiones obviamos por comodidad o porque creemos que no afecta a nuestra felicidad. Sin embargo, libros como “Breve catálogo de insectos y otros seres menudos” nos agitan y nos sacan de nuestro letargo para con un golpe de realidad ponernos frente al gran dilema moral de nuestra época, volcar nuestra vida al servicio de los demás, ofrecernos para que aquellos que no tienen ninguna o muy pocas oportunidades puedan disfrutar de las oportunidades que nosotros tenemos. Un libro para abrirnos los ojos.

http://lastura.es/?product=breve-catalogo-de-insectos-y-otros-seres-menudos

 

Pablo Malmierca,  primavera de 2018, Aldealengua.

“El país donde se enredan las palabras”, reseña de “Al pie de la letra”, Atilano Sevillano, Piediciones: 2017.

Atilano Sevillano actualmente imparte talleres de escritura creativa y cultiva la poesía visual, con ya cerca de 300 obras expuestas.

En Salamanca cofundó y codirigió la revista salmantina Aljaba. Papeles literarios. Es colaborador frecuente de numerosas publicaciones literarias tanto en España como en Hispanoamérica.

Es miembro de la Academia Iberoamericana de Poesía de Barcelona. Está incluido en numerosos repertorios de autores como el Diccionario de autores españoles de la Cátedra Miguel Delibes.

Es autor de diversas obras entre las que destacan el poemario Presencia indebida con Prólogo de Claudio Rodríguez y de otros libros de microrrelatos como Lady Ofelia y otros relatos.

Ha participado en numerosas obras colectivas como Cosas que nos importan publicado por la Playa de Ákaba o en la reciente Pucela negra y criminal.

 

Para comenzar a hablar del libro que nos ocupa hoy, Al pie de la letra. Microrrelatos de la A a la Z. Me gustaría hacerlo con una cita de uno de los relatos hiperbreves que lo componen, en concreto del titulado “Apócrifo”, la cita dice así:

“Hablamos de un país donde se enredaban las palabras y el otoño no regresaba hasta la primavera y no había un colorín colorado”

Pues bien nos encontramos ante un país compuesto por 120 microrrelatos que dibujan un paisaje propio que va creciendo conforme avanzamos en la lectura de este magnífico libro. Escenas de lo cotidiano que como dice otro de los textos aparecen tras “darse una vuelta por la vida”.

Retratos-relatos que tienen como nexo común una visión, ya apuntada por David Acebes en el epílogo que acompaña el texto, cercana al existencialismo donde la soledad, la ironía, la deconstrucción tan grata a la visión postmoderna de la literatura se hacen  letra en el libro del que hoy nos toca hablar. Apunta Acebes además otros dos grandes temas el amor-desamor expresados como dicotomía complementaria a ese sentimiento de soledad que acompaña al libro.

Quizá y ya desde una óptica más personal y desde mis propias lecturas yo otorgaría al libro un cierto aire decadentista, si entendemos este movimiento literario de una forma un tanto simplista como “Un movimiento que arremete contra la moral y las costumbres burguesas, pretende la evasión de la realidad cotidiana, exalta el heroísmo individual y desdichado y explora las regiones más extremas de la sensibilidad y del inconsciente”, muchas de las historias y, sobre todo, el planteamiento que Atilano hace desde su fina ironía, se acercan mucho a la crítica social, a la evasión de un mundo que en ocasiones no se comparte aunque se sea parte integrante de él, un mundo tamizado y visible desde la propia sensibilidad del narrador que los subjetiviza en la mayoría de las ocasiones a través de la alta y la baja cultura librescas, léase el cómic o los clásicos como Dostoievski o Cervantes.

Atilano mezcla ese punto de vista ultra refinado que caracteriza al decadentismo con las técnicas más propias de la posmodernidad o ultramodernidad. Hábilmente se entremezclan en una misma historia Superman y Cervantes, sin olvidarnos de Anna Karennina o la misma Madame Bovary, pasando por el mismísimo Kafka. Alta y baja cultura al mismo nivel.

El microrrelato es a la vez el género más breve pero a la vez uno de los más complicados de escribir, requiere por parte del autor un despliegue de técnicas y recursos difíciles de integrar en el texto, destacaré entre otras la búsqueda de un final sorprendente que deje al lector perplejo, la mezcla de planos narrativos y temas; la alternancia de puntos de vista en los narradores, la unión como decía antes de alta y baja cultura, el mundo del cómic con obras como el Quijote; la inclusión del lector en el texto. Y es aquí donde coincido con David Acebes en su epílogo, estamos ante un género posmoderno, pero más que por los contenidos, por las técnicas utilizadas, pues como ya dije antes el tono general lo acerca más a las grades obras decadentistas de autores como Jules Barbey d’Aurevilly y Joris-Karl Huysmans.

Otra de las características propias de Atilano es la reutilización de lo que la lingüística textual ha llamado “textos de desecho”, además de narraciones o textos dialogados muy próximos al teatro, cuando no teatro propiamente dicho; aparecen anuncios clasificados, certificados, crónicas periodísticas, informes policiales, listas, posit. Todo un despliegue narratológico que demuestra el empleo del género por parte del autor. Un libro por tanto que se abre en 120 microrrelatos, originales no solo por su variado contenido, sino también por convertirse en un auténtico catálogo de técnicas y recursos literarios.

Además de los temas referidos anteriormente: amor, desamor, reescritura de los clásicos, mezcla de alta y baja cultura. Aparecen otros muchos: la cotidianeidad, los objetos como personajes, las reflexiones sobre el propio lenguaje, la metaliteratura, los bestiarios medievales, la metafísica, la reescritura donde Atilano rinde su pequeño homenaje a su otra gran faceta la poesía visual.

Estamos, por tanto, ante un libro rico en lecturas, que se desdobla y pliega sobre sí mismo para ofrecernos desde planteamientos posmodernos de reescritura y revisión de los clásicos una visión muy cercana al decadentismo donde lo individual realiza una crítica de lo social desde el distanciamiento de la ironía que tan bien maneja Atilano. Un libro ameno, que tiene la capacidad de sorprendernos en cada nuevo microrrelato, algo harto difícil si pensamos que este pequeño libro está compuesto por 120 textos. Para amantes del género, pero también para todos aquellos que quieran disfrutar de la buena literatura y de las grandes historias, aunque como en este caso en pequeño formato.

Al

Degustación del poema. Reseña de “Ritmo latino”, Jorge Barco Ingelmo. Visor: 2017. (XV Premio Emilio Alarcos).

 

 

Una sorpresa es la parte poética

del libro invisible. El hilo de fe

que se reserva a las erratas. Nota

a pie que descorazona al destino.

Rafa Pontes

 

 

Jorge Barco Ingelmo comenzó su andadura poética haya por el año 2000 con los  cuadernos de poemas: El rastro de mis lágrimas y Recuerdos de lo mío y de lo ajeno. Los poemarios Algún día llegaremos a la luna y Vivimos encerrados en burbujas transparentes. En el año 2013 vio la luz su poesía reunida que abarcaba los años 1998 a 2013 en el volumen El principio celular.

Además de ganar con Ritmo latino el XV premio Emilio Alarcos, anteriormente fue galardonado con el Premio de la Academia Castellana y Leonesa de Poesía por Algún día llegaremos a la luna.

Acercarse al universo de Jorge Barco solo se puede hacer con un gran bagaje cultural, en su poesía se da cabida a la alta y baja cultura por igual. Son continuas sus alusiones a los clásicos latinos, probablemente fruto de la lectura del poeta José Antonio González Iglesias, al que alude en uno de sus poemas diciéndonos que, y cito literalmente, es “su marca de vitaminas favorita”. Junto a estas referencias clásicas aparecen otras como citas a canciones de Shakira, Carlos Boyero o Chayanne.

Podría parecer esta forma de intertextualidad un totum revolutum, pero en el caso de Jorge no es así. Todas estas referencias se articulan en una voz que se vuelve peculiar. La mixtura afecta también al lenguaje y con gran habilidad se hace poesía con el lenguaje publicitario de los anuncios por palabras, con una receta de cocina o con una carta más que directa a un editor de poesía. Jorge se adueña de lo que algunos lingüistas llaman textos de desecho y los eleva a literatura, a alta literatura. Esta técnica hace que Ritmo latino sea a la vez un texto fresco y sorprendente.

El otro gran valor del libro, a mi juicio, es la adecuada utilización de un recurso tan complicado como la ironía. Se interrelaciona de forma sorprendente con los distintos niveles del lenguaje y es, a mi modo de ver, un acierto. No es lo mismo ironizar sobre algo tan serio como el mundo clásico en “Medea la de los grandes pechos”, texto de contexto clásico, que si lo hacemos usando el lenguaje directo de un anuncio por palabras. Se logra la desautomatización del mundo mitológico al insertarlo directamente en algo tan prosaico como “Mil anuncios”.

Sin embargo, el libro no agota aquí sus virtudes. En estos tiempos de lo que se ha dado en llamar “porn-food”, fenómeno tan visible en las redes sociales. Jorge añade esta, digamos, forma de contar al poema. El libro, el poema, deja de ser objeto de consumo cultural para pasar a ser devorado literalmente. Para ello, de nuevo, se recurre a la apropiación del lenguaje de otros ámbitos de la vida para pasarlo por el tamiz de Ritmo latino. Los juegos de citas tienen también un papel importante y a la altura de Ovidio vemos al propio Ferrán Adriá.

Abundan además las referencias a la cotidianeidad del poeta, a una realidad que nos presenta de una forma crítica, que se presenta de forma más efectiva al utilizar gran cantidad de elementos de la cultura mainstream, para pasarlos, en una metáfora que al propio autor le agradaría, por la batidora, para conseguir una nueva receta de la poesía.

Es este un libro más que fresco como ha dicho el jurado del premio Emilio Alarcos, novedoso; por la forma de poetizar la realidad, por crear una nueva desautomatización de la vida a través de sus elementos más comunes. El cine, la música, la televisión, en definitiva la cultura popular pasada por el tamiz de los clásicos han hecho de Ritmo latino una delicatesen elaborada con alimentos que podríamos encontrar en cualquier supermercado de barrio.

Después de saborear la poesía de Jorge Barco, os quedaréis con ganas de más.

Pablo Malmierca. Aldealengua, 10/6/2017.

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