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Semillas en campos ajenos

Poesías, prosa, reseñas y fotografías de Pablo Antonio García Malmierca

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Reflexión

Nuevos caminos

Últimamente he comenzado a nadar, el momento del día en el que me zambullo en la piscina se está convirtiendo en introspección, aislado del mundo, con el agua rodeando todo tu cuerpo casi todas las cosas se pueden ver con más distancia. Hoy he recordado el día en que todo cambió, en 2015 se pusieron en contacto conmigo desde Cosmopoética, había sido incluido en su antología Anónimos 2.3, para algunos podría parecer algo anecdótico, pues se trata de un libro donde se recogían trabajos de autores no publicados. Pero para mí supuso un cambio, mi recorrido como escritor había comenzado muchos años antes, casi veinte, nunca me planteé publicar, escribía por gusto, por jugar con el lenguaje, por enfrentarme a partes de mí que de otra manera quizá nunca hubiera conocido.
Algunas personas que me conocían y que habían leído alguno de mis escritos me animaron a publicar a ser otro tipo de escritor, pasar del ámbito privado al público. Decidí enviar un poema a Anónimos para ver qué pasaba y pasó que aparecí junto a otro buen número de poetas anónimos en dicha antología. Después todo fue una locura, tres libros publicados en dos años, la elaboración de una antología de poetas de Valladolid, prólogos, la participación en varias antologías, recitales individuales y colectivos, presentaciones propias y de otros autores… Todo esto incluía viajes que se sumaban a los que debo realizar habitualmente por mi condición de profesor que todavía no tiene plaza en su localidad de residencia, cansancio y más cansancio.
Diréis, ¿por qué nos cuenta ahora todo esto?, pues porque muchos habéis pensado que voy a dejar de escribir y creo que os debo una explicación. Mi intención nunca ha sido dejar de escribir, para mí el acto de escritura es privado e individual, la parte pública es una adenda que puede darse o no. Escribir es una necesidad que me acompaña desde mi adolescencia, mi relación con el lenguaje y con la tradición literaria siempre ha sido de amor-odio, de esa confrontación surge mi escritura.
Escribir escribiré siempre, mi cajón de inéditos crece día a día, por lo que he perdido la ilusión es por hacer de publicista de mi obra, ¿es eso la literatura?, creo que no. Sin embargo, nunca voy a cerrar esa puerta, continúa abierta, pero sin ninguna prisa. Ahora mis energías se van a volcar en otros proyectos culturales de los que iréis sabiendo poco a poco.
Gracias por vuestro apoyo, por vuestras palabras de ánimo, con una de las cosas que me quedo ahora mismo es con todas las personas que he ido conociendo en este viaje que es la literatura, personas muy válidas y que seguiré teniendo a mi lado.

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Reflexiones sobre la poesía

Hace ya algunos años, en el marco de un curso extraordinario de la Universidad de Salamanca, leí la ponencia que reproduzco hoy en este blog. Mi intención no fue otra que la de explicar las complejidades del poema y cómo entenderlo mejor. Espero que pueda servir traerlo a este blog.

Breve introducción a la teoría literaria actual

La teoría de la literatura nos ofrece numerosas formas de acercamiento al objeto literario. Debido a la brevedad de esta ponencia me voy a ceñir a las nuevas corrientes de análisis literario. Jonathan Culler define, refiriéndose a la crítica postestructural,  la nueva teoría literaria como una nueva y expandida retórica: un estudio de las estructuras textuales y sus estrategias de relación con  sus sistemas de significado y con  los temas humanos[1]. Se trata de una teoría interdisciplinar y, aunque parece dejar atrás la literatura, la pone en el lugar central de donde derivan todas las cuestiones que suscitan interrogantes, todos los aspectos de los sistemas de significación dignos de ser estudiados, e incluso intenta replicar a la literatura en su constitución textual, proponiendo una escritura “literaria” y no “científica”. Esto último es así porque todo tratamiento de la literatura se ve como lenguaje sobre lenguaje, lenguaje de lenguaje, más que, lenguaje acerca de lenguaje, y los nuevos teóricos, especialmente los derridianos, insisten en que el metalenguaje de cualquier observador está inevitablemente contagiado por el lenguaje de lo que observa, ya que, al fin y al cabo, es el mismo lenguaje, y no un lenguaje sui generis, aséptico, libre de toda carga anterior, como hecho de nuevo.

Para muchos teóricos de la literatura, la expansión de la teoría literaria ha producido crisis y confusión, entre otras cosas porque el concepto de literatura se ha extendido hasta recubrir a veces el de textualidad, y el lenguaje, bajo la lupa lúdica de los “posestructuralistas” y en las manos irónicas de los “posmodernos”, se ha vuelto un objeto sospechoso y traicionero. Los estudios literarios acaparan campos de estudio antes ajenos, y parecen capaces de explicarlo todo: los textos, el mundo. Pero, mientras se ha perdido de vista al antes invencible poema, el texto amurallado, suficiente, saturado de referencias internas, válido por sí mismo, “autorizado” por un autor, y legitimado por una tradición y valores. Esto ha llevado a conceptos, antes pilares de los estudios literarios, a crisis: La literariedad, es decir, la autonomía lingüística de la literatura; la literatura canónica, cada vez hay mayor interés por la subliteratura o Trivialliteratur. Las consecuencias de esta postura son demoledoras para la ciencia literaria: en su forma más escandalosa diríamos que no hay interpretación literaria buena, mala, aceptable o, en fin, posible[2].

Frente a esta concepción otros críticos actuales como  Umberto Eco[3], han reaccionado de una manera precisa. Eco diferencia dos ideas distintas de interpretación a lo largo de la historia. Una admite que interpretar un texto significa esclarecer el significado intencional del autor o, en todo caso, su naturaleza objetiva, su esencia, independiente de nuestra interpretación. La otra, admite que los textos pueden interpretarse infinitamente. La problemática radicaría en si un texto tiene un significado fijo, una pluralidad de significados posibles, o por el contrario ningún significado. El deslizamiento de un significado a otro significado sería nota común, con lo que el significado de un texto se pospone siempre, y el significado final no podría sino ser un secreto inagotable. Eco funda su crítica a la teoría literaria actual postmoderna y postestructuralista en dos autores contemporáneos Pierce  y Derrida, contra los que dirige todos sus ataques. Para Eco el desciframiento de un texto se basa en que cualquier comunidad de intérpretes debe alcanzar un acuerdo sobre el tipo de objeto del que se está ocupando. Así la comunidad, aunque pueda usar un texto como terreno de juego para la puesta en acto de la semiosis ilimitada, debe convenir que, en varias situaciones, es necesario interrumpir un poco el “play of musement”, y puede hacerlo sólo gracias a un juicio consensual, si bien transitorio. En realidad, para Eco, los símbolos crecen, pero nunca quedan vacíos[4].

En la actualidad el crítico Jean Bollack, está intentando una síntesis entre las teorías postestructuralistas y las anti-postestructuralistas. Parte de la práctica, habla del “aprendizaje de la lectura”, de una competencia que se adquiere paso a paso, en una comprensión en la que se profundiza poco a poco. En cuanto a la reflexión, ésta nace de las aporías desentrañadas en los textos estudiados, ciertamente, pero asimismo del marco institucional o académico. Es imposible manipular los textos sin haberlos comprendido, y ello supone, para quien se plantea su estudio o cabalidad, un cuestionamiento hermenéutico que el prudente positivismo de las diversas corrientes filológicas se niega a plantear a fondo, ya que se ampara en una estricta división del trabajo: los especialistas de la letra no pueden confundirse con los del sentido. Por el contrario, Jean Bollack constata que el sentido reside en la letra. El saber gramatical no puede divorciarse de una indagación más amplia en las modalidades del sentido. Y ésta implica a la hermenéutica y conduce a la filosofía. Todo lo contrario del acercamiento a distancia que resulta de apoyarse en una teoría general con la finalidad de verificarla en su aplicación a diversas áreas, y deducir sus leyes constitutivas o invariantes desde una visión de conjunto forzosamente sumaria. La ausencia de toda teoría previa garantiza una sólida postura[5].

Nuestro acercamiento al poema se hace desde la síntesis bollackiana de filología y filosofía, desde la hermenéutica y la lingüística, el texto es lenguaje, pero también es sentido, aunque este sentido debamos buscarlo en algunos casos, como el de la poesía contemporánea en el propio poema. 

¿Qué es un poema?

Podríamos aplicar la definición de Mario Vargas Llosa para la novela al poema. Para él la novela es poliédrica, es decir posee numerosas caras, así es la poesía o como decía Vossler:

El verso es un Proteo: tal como Proteo surge tan pronto como agua, tan pronto como fuego, tan pronto como culebra, tan pronto como buey, pero sin identificarse en ningún momento con el agua, el fuego, la culebra o el buey, así también puede surgir el verso ora con determinado número de sílabas, ora libre, ora con ritmo regular, ora con ritmo alterado, a veces ceñido en su sintaxis, otras con sintaxis entrecortada… y ninguna de estas propiedades señala su esencia más propia. [6]

Se podría decir que Vossler sólo se refiere a la parte formal del poema, a su contenido más estructural. Pero, no olvidemos, que al poema se le suele definir como una formalización del lenguaje.

No faltan los ejemplos dentro de la propia poesía sobre su polimorfismo. Veamos como el poema una vez escrito por el poeta se transforma en objeto autónomo al  autor, tiene su propia vida Ángel González.

 

Metapoesía

POÉTICA

A la que intento a veces aplicarme

Escribir un poema: marcar la piel del agua.

Suavemente, los signos

Se deforman, se agrandan,

Expresan lo que quieren

La brisa, el sol, las nubes,

Se distienden, se tensan, hasta

Que el hombre que los mira

—adormecido el viento,

La luz alta—

O ve su propio rostro

O –transparencia pura, hondo

Fracaso—no ve nada.

Como conclusión podríamos decir que el poema, por lo menos en su parte más tangible, es una construcción lingüística polimorfa y que supera a su autor.

¿Cuál es el objeto de la poesía? Dicha formalización del lenguaje tiene como objeto al propio sujeto. El poema se enuncia desde sí, es el yo poético el que habla nunca el poeta. Aunque no debemos olvidar que el yo lírico o yo poético no es un yo real. No obstante, el poeta puede identificarse o no con el yo poético. Sin embargo, es indudable que ambas personas confluyen en el pronombre.

¿Qué lenguaje podemos utilizar? El lenguaje utilizado por el poema es el lenguaje de todos. Ninguna palabra queda excluida de antemano. Los componentes del poema vienen dados por su relación con el resto de elementos léxicos. Al tratarse en muchas ocasiones de un universo cerrado la palabra poética toma todo su significado a través de su valor funcional en el propio poema. [7] Sin embargo, existen una serie de características que facilitan la integración de las palabras en el espacio poético: la belleza fónica, armonía del significante, la tradición literaria.

José Agustín Goytisolo nos enseña como su voz es la voz de todo el pueblo, porque su lenguaje es el de todos:

Oficio del poeta

Contemplar las palabras

Sobre el papel escritas,

Medirlas, sopesar

Su cuerpo en el conjunto

Del poema, y después,

Igual que un artesano,

Separarse a mirar

Cómo la luz emerge

De la sutil textura.

 

Así es el viejo oficio

Del poeta, que comienza

En la idea, en el soplo

Sobre el polvo infinito

De la memoria, sobre

La experiencia vivida,

La historia, los deseos,

Las pasiones del hombre.

 

La materia del canto

Nos la ha ofrecido el pueblo

Con su voz. Devolvamos

Las palabras reunidas

A su auténtico dueño.

 

¿El poema, tiene unidad básica? La unidad del poema es el verso, que conlleva un ritmo, una sucesión de acentos y pausas que puede venirle dada por su propia condición. La tradición literaria ha ido creando numerosas formas con usos fijos dados por las preceptivas literarias. Por ejemplo, el verso de arte menor castellano, se caracteriza por su agilidad, y por eso es muy apto para composiciones poéticas ligeras.

¿Existe un mundo propio del poema? En el poema, enmarcado por el blanco, hay un mundo aislado. Las primeras palabras surgen desgajadas de situación alguna; esta debe crearse en el propio poema. La opacidad inicial tiene que haber desaparecido al cierre del texto. Pero su misma condición aislada intensifica ese espacio enmarcado.

La esencia del poema nace y acaba en él. La intensidad lo caracteriza, y no sólo todas las palabras están interrelacionadas formando una unidad, sino que llevan en sí un peso específico superior al que tendrían si pertenecieran a otro tipo de textos.

Hecho en parte de no palabra –el blanco y su papel en la configuración del poema—, su asunto es el propio sujeto y no la fábula. Y en una inmanencia total, la propia creación puede llegar a ser expresión y objeto.

Para Genette, al igual que para Paul Valery, las funciones principales del poema son la conativa y la emotiva. Juan Ferraté nos dice que el poema en conjunto es un signo cuyo denotado o referente es la propia connotación del signo. Todo poema contiene su propia versión íntima del aspecto de la realidad que le sirve de pretexto, y nos induce a acogerla en nosotros mediante la representación del propio movimiento del poema en nuestra intimidad. Y esa versión íntima es siempre distinta. Aunque no debemos olvidar que existen distintos tipos de lectores que condicionan su lectura a sus objetivos. Para Roland Barthes existen tres tipo de lector, el crítico literario, el lector por placer y el teórico de la literatura, ninguno de los tres busca lo mismo en el texto. Así su lectura será diferente pero no por eso más o menos válida.

El poema es una unidad, un discurso autorreflexivo: el blanco que lo cerca enmarca una realidad, la suya.

¿Tiene unidad de sentido el poema? A menos que el poeta quiera dar al lector una guía segura para crear su horizonte de expectativos y preceda su obra de un epígrafe explícito, el poema es el que lleva en sí situación, asunto y sentido. Y sólo desde su cierre, el lector podrá aprehenderlos. Leamos el siguiente poema de Félix Grade donde podemos observar como el yo poético busca en el poema el sentido que sólo este le puede dar, el poema como clarificador de realidades.

Félix Grande

En vos confío

Ven otra vez socórreme apacigua este frío

Aproxima una mano de luz por las horas retintas

El desconcierto hiela mis huesos y mis ojos

Estoy abandonando la felicidad

 

Protégeme, poema

Sano sólo me queda este odio a la desdicha

Dame calor acércame las palabras alucinantes

Fonema colorado abre tu portalón solemne

Y pasaré a la cueva grandiosa del lenguaje

Orando interminable la sílaba sin fin

 

Mira a este can salvaje atado con cadena

Mira a este tigre altanero extenuado en la lluvia

Y mira a mi velocidad tumefacta de miedo

Acércate, poema, dame una medicina desaforada

Delibera con todas mis vísceras, regresa sudoroso

Maravillosamente sucio de humores y de sangre

Y dime qué te han confiado qué les ocurre

Descíframe recítame mi propio secreto

Apresúrate sílaba, me apago

 

Estoy abandonado de la felicidad

Y como un alacrán se matara con su propio veneno

Con mis preguntas me estrangulo       Responde tú, poema

Siéntate en una silla dame conversación

Tú eres el brujo más misericorde

Tú eres el sacerdote boreal

 

Ven otra vez                     Aproxima una mano de luz

Acércame las palabras fantásticas en el pan de la voz

Una jauría de ininteligibles

Va cercando a mi vida y a mi cuerpo sagrados

Con bocados de alimañas                      Asóciate a mi corazón

Baja a esta selva y sé mi camarada augusto

Combate a mi favor contra esa peste a cataclismo

Contra ese caldo soez de error y amenaza

Ven otra vez                     Socórreme     Socórreme, poema

Tú eres el enigmático solar

La mano que apacigua el espanto

La niebla enorme que todo lo besa

 

En vos confío        En vos confío           En vos confío

 

¿Qué valor posee la forma externa? El lector debe conocer las normas de construcción de los poemas, que son formas externas del lenguaje poético. Las métricas ofrecen repertorios. Esos moldes estróficos condicionan la materia lírica. Cuantas mayores sean sus exigencias, mayor serán también el artificio necesario para seguirlas y menor margen quedará para la originalidad. Un caso ejemplar de exigencia estrófica es el ovillejo formado por dos partes; la primera, por tres octosílabos con una interrogación; su respuesta, un tetrasílabo, repite la rima del verso correspondiente. La segunda parte síntesis de la anterior es una redondilla, cuyo último verso reúne las tres palabras del pie quebrado. Cervantes nos ilustra el esquema:

 

¿Quién de amor venturas halla?

El que calla.

¿Quién triunfa de su aspereza?

La firmeza.

¿Quién da alcance a su alegría?

La porfía.

Desde modo, bien podría

Esperar dichosa palma

Si en esta empresa mi alma

Calla, está firme y porfía.

En este caso la s exigencia métricas dejan reducido el poema a puro juego, más visible al ser los versos de arte menor.

En algunos casos el motivo de la elección de la estrofa está íntimamente unido al tono del texto. Es un matiz esencial que el lector debe percibir.

Sólo conociendo las características de la estrofa, pueden verse también las disidencias del poeta. Cualquier variación en la rima obligada de los cuartetos de un soneto, la sustitución de los endecasílabos por alejandrinos ha de leerse a partir del esquema que configura la estrofa; si no existe la norma, tampoco su transgresión.

La estrofa tiene, pues, unas exigencias y aporta unas connotaciones heredadas de su uso. Y la unidad que la forma, el verso, también.

¿Tiene límites el verso? La unidad que forma el poema es el verso. Sus límites pueden venir impuestos por su condición, de bisílabo o de endecasílabo, o desdibujarse al invadir el blanco con el que linda, al transformarse en versículo. Fue fundamental para el verso español la revolución introducida en el siglo XVI por Gracilaso y Boscán, al liberar la frase sintáctica de los límites que el verso le imponía. Se pasó de la esticomitia (coincidencia de la frase sintáctica con el verso) al encabalgamiento (frases sintácticas que ocupan más de un verso).

¿Qué relación une al lector con el texto poético? El lector aprehende, primero, la forma del poema –el lector, no el oyente—, la identifica o no. Su mirada abarca la unidad y sabe, pues, si el poeta se ha vinculado a la tradición literaria eligiendo una de las posibilidades ya acuñadas.

No se puede leer de la misma forma un poema de la Edad de Oro o uno contemporáneo. No sólo la distancia entre el yo poético y el poeta es diferente, también lo es la suya con respecto al texto.

En la poesía de Gracilaso, de Herrera, de Quevedo, de Góngora, el código condiciona la voz más que la biografía. En la poesía contemporánea, desde el acercamiento romántico del poeta al yo poético, puede ser más o menos esencial.

¿Debemos tener en cuenta los códigos históricos, filosóficos o religiosos? Un poema nos es sólo lo que leemos, la poesía se escribe en determinados momentos históricos, con sistemas ideológicos y religiosos diferentes que pueden influir en el significado del poema, incluso en su significante. Recordemos la autocensura de determinados autores españoles durante el franquismo, o la de los autores ilustrados temerosos de ser víctimas de la Inquisición. Estos códigos pueden tener mayor o menor peso en las composiciones poéticas, pero nunca debemos dejarlos de lado para su interpretación. La estética de la recepción literaria ha tenido esto muy presente, ya que sus postulados nos dicen que cada obra debe leerse desde los ojos de un lector contemporáneo a esa obra. Debemos adaptar nuestras estructuras de pensamiento a las estructuras de la época de producción de la obra para tener así un acercamiento más próximo a su significado.

¿Cuál es la relación entre el código literario y el significado del poema? Para ejemplificar esta relación voy a utilizar la poesía culta de los Siglo de Oro en España. Habitualmente aparecían dos protagonistas: el yo poético y la cruel dama desdeñosa, una serie de metáforas fosilizadas sustentaban el retrato de la dama y la pasión del yo poético. La descriptio de la amada era similar en todos los poemas, cabellos, mirada, piel. El yo poético suele arder en el fuego amoroso que le consume. El espacio se convierte en un lugar de tormentos y penas eternas. Aparecen referencias mitológicas como enriquecedoras del código. Tienen un significado altamente codificado los colores, las flores, la geografía literaria, los animales.

Se hace imprescindible, por tanto, el conocimiento de los códigos utilizados por los poetas para poder llegar a un entendimiento aceptable de la materia poética.

¿Ocurre lo mismo en la poesía contemporánea? En la poesía contemporánea, la soledad del lector ante el texto puede ser absoluta. La tradición literaria a menudo no sirve como referente; la invención de la realidad lírica es así hazaña exclusivamente  individual. El blanco es un marco aislante. La opacidad inicial del poema a veces no desaparece del todo. No hay certeza alguna más que para el sentimiento. No se podrá saber qué dice exactamente el poeta, pero se sabrá que siente el yo poético.

Jackobson subraya la ambigüedad de la poesía: “L’ambigüité est une porprieté intrinsèque, inalienable, de tout message centré sur lui-même, bref c’est un corollaire obligé de la poésie”. La denotación exacta escapa a menudo al lector por falta de precisiones, pero éste no pierde nunca la aguja de navegar si sabe empaparse de las palabras. Podrá no entender, pero sabrá qué dice o qué sentimiento transmite el poema.

¿Existe un diseño interior del poema? El asedio del poema exige su aprehensión total. Sólo desde el cierre se puede ver el texto como una unidad, y sólo en ella cobran sentido los elementos interrelacionados que la forman.

Todo texto tiene una estructura interna, un diseño interior, que lo sustenta. En un poema aprehender esa organización interior llevará a su mejor comprensión.

Cada poema conlleva una mirada distinta que sepa enlazar elementos para que la estructura quede visible. Sin embargo, la igualdad o la oposición suelen señalar el camino. Frente a una sucesión de elementos semejantes, la presencia de una disonancia o la omisión tiene función de subrayado.

Cuando la forma externa no está predeterminada, cuando el poeta no elige una estrofa preexistente, la estructura interna del texto puede estar también subrayada por los blancos que configuran las unidades, por elementos retóricos o por recursos sintácticos más o menos perceptibles.

Si el poema es un largo discurso que la mirada no puede abarcar en su totalidad, hay varios puntos intensos, varios temas o subtemas. Queda luego la articulación de esos distintos asuntos.

Cada texto supone el descubrimiento del juego de relaciones que tiene dentro de sí. La búsqueda debe realizarse en él.

No es posible hacer una enumeración de instrucciones para ver esa organización interna que todo discurso coherente tiene. Cada texto poético guarda su propia clave. La lectura asidua de poemas es la única práctica que permite descubrirla en cada caso con alguna garantía, o no, de éxito.

¿Qué importancia tienen la retórica y la estructura?  Es indudable la presencia constante de los recursos retóricos en el texto poético. Y su función es doble, hermosea sí la lengua, pero también subraya a veces la estructura interna del texto. La huella que cada palabra de un poema deja es mucho más intensa que la de cualquier otro texto, el reducido espacio acotado por el blanco obliga a ello.

Los tropos, las figuras retóricas actúan como intensificadores de las palabras y como subrayado de las líneas internas que dibujan la unidad del texto.  Veamos algunos ejemplos:

  • El paralelismo es un intensificador del significado.
  • La comparación hace énfasis en la estructura del texto
  • El apóstrofe hace que su sucesión en estrofas con estructura paralelística desemboque en una depreciación.
  • La aliteración, puede ser un subrayado esporádico del sonido en los versos de un poema, pero también puede convertirse en la clave del poema.
  • La antítesis y la paradoja. Los sonetos de definición de asunto amoroso desde el modelo petrarquista se caracterizan por la suma de paradojas y antítesis. La contradicción interna o paradoja, es donde se anula el significado de la palabra, es el recurso retórico que más se utiliza en la lucha con lo inefable y que puede intentar describir el estado anímico del enamorado.
  • Una composición poética, especialmente complicada para la traducción, es la jitanjáfora. Consiste en palabras o expresiones, las más de las veces inventadas, carentes de significado en sí mismas, y cuya función poética radica en sus valores fónicos, que pueden cobrar sentido en relación con el texto en su conjunto. Un ejemplo admirable es el que Huidobro pone en boca de Altazor, al contemplar, tras la experiencia de la maravilla nocturna y lunar, la grandiosa zona solar, que no puede traducir en palabras con sentido, y para lo que inventa estas voces de jitanjáfora que finaliza con los ayes de una onomatopeya del dolor humano:

Auriciento auronida

Lalalí

oi  ia

iiio

Ai a i ai a iiii o ia

 

Los recursos retóricos son así intensificadores de la huella de las palabras que forman el poema y también pueden convertirse en el eje en torno al cual se teja su urdimbre.

Conclusión La intensidad de la palabra, su poder evocador se manifiesta en toda su plenitud en el poema. En él, no sólo dice, crea una situación y desvela sentimientos. El lector tiene en la lírica sendas para descubrir miradas nuevas que inventan realidades, un instrumento para ahondar en su capacidad para sentir, para perderse en el laberinto interior.

No podemos poner fin al desciframiento de los textos, pero por nuestra experiencia sabemos que hay límites. ¿Cómo resolver esta paradoja?

La complejidad aquí desvelada del objeto poético nos hace plantearnos la necesidad de grupos interdisciplinares para la traducción de poesía. Debemos conocer demasiadas cosas para dar una traducción, es decir una nueva obra a un público distinto al que estaba destinada.

[1] Culler, Jonathan. “Poststructuralist Criticism”, Style 21, 1987. (p. 169)

[2] Reyes, Graciela. “El Nuevo análisis literario: expansión, crisis, actitudes ante el lenguaje”. Teorías literarias de la actualidad. Madrid: El arquero, 1989. (pp. 20-23)

[3] Eco, Umberto. Los límites de la interpretación. Barcelona: Lumen, 1992.

[4] Eco, Umberto. Los límites de la interpretación. Barcelona: Lumen, 1992. (p. 370)

[5] Para una introducción más amplia a Jean Bollack véase el dossier sobre el autor publicado en Quimera, nº 202 (2001), 20-39.

[6] Vossler, Kart. Formas poéticas de los pueblos románticos. Buenos Aires: Editorial Losada, 1960. (pp. 11-12)

[7] Guillén, Jorge. Lenguaje y poesía. Madrid: Alianza, 1969. (p. 195)

Sobre poetas lectores

Sobre poetas lectores

Siempre recuerdo esas fotografías de Vicente Aleixandre donde aparece rodeado de un buen número de poetas, desde un recién llegado a Madrid Claudio Rodríguez a un jovencísimo Valente; o echando la vista a una época anterior la relación de Juan Ramón Jiménez con la Generación del 27. Decía  Rafael Alberti en 1980: “Por aquellos apasionados años madrileños, JRJ era para nosotros, más que Antonio Machado, el hombre que había elevado a religión la poesía, viviendo exclusivamente por y para ella, alucinándonos con su ejemplo”, y Juan Ramón también describió perfectamente el espíritu de estos jóvenes poetas en carta a Gerardo Diego en 1920: “Me parece magnífico que los nuevos -ustedes aquí, en este caso- hagan lo que hacen, y lo otro y lo de más allá, todo cuanto signifique ‘contra’ y ‘verde’, único valor juvenil, mientras cada uno -el que pueda- va encontrando por sí solo, aún dentro de su grupo natural, su propio clasicismo”. Incluso en la carta a Jorge Guillén de 1922: “¡Qué alegría ver subir ‘nuevos completos’ como usted!…”. “Jamás poeta español iba a ser más querido y escuchado por toda una rutilante generación de poetas”, escribió en sus memorias Rafael Alberti.

En los tiempos que corren, ajenos en muchas aspectos a la tradición, donde se vive en un presente continuo sin pasado y sin futuro, con unos dirigentes políticos que priman el cortoplacismo frente a cualquier plan de futuro, donde los adolescentes, y los no tan adolescentes, viven abducidos por un hedonismo superfluo y melifluo, la poesía ha dejado de vivir contemplando el pasado con admiración. La figura del maestro ha desaparecido, por desgracia para los poetas jóvenes no existe ningún Aleixandre, ningún Juan Ramón Jiménez en el que reflejarse y con el que departir sobre poesía.

Ya sea porque para ser poeta importa más el branding que el consejo de un maestro; ya sea porque cada vez hay más escritores que han decidido que para serlo no es necesario conocer la tradición; ya sea porque la poética de la normalidad ha defenestrado líneas muchos más interesantes y con más cosas que decir; ya sea porque en poesía también se ha instalado el miedo y es más fácil ser aceptado escribiendo poesía comercial; ya sea…

La realidad es que entre tanto ruido cada vez es más difícil encontrar apuestas rotundas por la palabra. Vivimos frente a un televisor que pocas veces conseguimos sintonizar, un lugar donde el ruido blanco se ha instalado como discurso plenamente aceptado. Un lugar de escritores que han dejado de ser lectores, que se jactan en ocasiones de no haber leído un libro, que se enorgullecen de su ignorancia porque así se asimilan a una cultura de la imagen que desprecia la letra escrita, que sumen así su escritura en un charco del que es muy difícil salir, un charco en el que todos saltan felices.

Pero, como decía antes, frente a la ausencia de maestros generacionales se erige una nueva figura la del poeta-lector. Frente a tanta dejadez y gusto por el éxito fácil implantado por la mercadotecnia, una serie de escritores siguen creyendo en el valor de la tradición, ya sea para continuarla, ya sea para intentar sobrepasarla, y en sus textos se leen entre líneas a grandes o pequeños poetas, a pensadores o novelistas, incluso resuenan múltiples resonancias musicales.

Una poesía, en definitiva, rica en matices, en la que escuchamos la enseñanza de maestros que ejercen sus magisterio desde sus libros, desde la atenta lectura de esos poetas que se elevan por encima del ruido y son capaces de ofrecernos la música de sus poemas.

Poesía y editoriales

 

En estos momentos de resurgir de los grupos poéticos, los poetas se vuelven a reunir en torno a personas con ideas comunes, a compartir conocimientos, a pedir consejo sin las interferencias de egos absurdos, a la cooperación necesaria, se observa también una tendencia a la uniformización de esas líneas, como es evidente nos juntamos con aquellos que piensan igual que nosotros, muchas veces, por miedo a lo diferente o miedo a lo nuevo, tendemos a compartir nuestro trabajo con aquellos que consideramos afines. Es esta una tendencia de nuestro tiempo, lo diferente por muchas cuestiones tendemos a desestimarlo a alejarlo de nuestro centro de atención, ya sea por una necesidad de mantenernos en nuestra zona de confort, ya sea por un miedo atroz a perder nuestras prerrogativas y nuestros beneficios.
Como muy bien me dijo un poeta hace poco la casa de la poesía tiene múltiples habitaciones y cada una con sus características diferentes, pero, por desgracia, parece que cada vez nos estamos olvidando más de esta riqueza en pos de nuestro beneficio personal. Nos importa más aparecer en este o aquel recital, en esta o aquella revista, en estar en la nómina de una determinada editorial, y nos olvidamos que la poesía tiene como característica fundamental: la verdad. Y esa verdad es relativa a cada forma de entender la poesía y la escritura, a cada experiencia vital y lectora, si dejamos que todo lo que está alrededor de la escritura la domine perderá su sustancialidad y devendrá en mentira, en mero accesorio de mercado.
Las querencia entre poetas, los poetas solitarios, los ascetas, los místicos, los populares, los poetas de cenáculo, los epígonos, los revolucionarios siempre han cohabitado sin más problemas. De hecho leemos a autores de todas estas categorías sin problemas, pero si son nuestros contemporáneos la cosa cambia; tendemos a leer y a dar visibilidad a aquellos que escriben como nosotros o con los que compartimos cierta amistad o cercanía. ¿Dónde queda entonces la riqueza de la poesía?
Ahora mismo la riqueza de la poesía es inmensa, coexisten múltiples líneas de escritura que abren nuestro horizonte de expectativas de forma exponencial.
Sin embargo, también se observan movimientos editoriales, que con sus legítimos fines de beneficio y posicionamiento empresarial, entorpecen y frenan a determinadas líneas de escritura que perjudican por su apuesta por líneas que tratan de imponer al público lector de poesía. No nos olvidemos que en un mundo lleno de ruido, donde se publica más de lo que se lee, son determinadas editoriales o grupos editoriales los que marcan la línea del lector medio, y son las que ponen y quitan les pese a quién les pese. En la novela estos movimientos son más claros, auténticos superventas hace unos años tras agresivas campañas de publicidad no son hoy más que muñecos rotos de la industria editorial, han pasado de vender miles de ejemplares a unos cientos; muchos han sabido reciclarse otros no. ¿Vamos a permitir que ocurra lo mismo con el mundo de la poesía? No podemos subestimar el poder de las grandes editoriales, pues son ellas las que ahora mismo marcan el camino y pondrán y quitarán a su antojo al igual que llevan haciéndolo desde hace muchos años en la narrativa.

La banda sonora de mis poemas (II). “dD”

Hay canciones que representan determinados estados de ánimo, que se entrecruzan con el proceso doloroso de la escritura. Cuando escribí mi primer libro de poemas publicado “dD” y exploraba cómo las relaciones de poder creaban un campo de direccionalidad entre el adentro y el afuera del cuerpo. Cómo el “quiero que seas”, imaginado, intencionado y deseado del otro crea una imagen negativa del soy del individuo, provocando estados de ánimo que rozan la enfermedad mental.

Cuando estas fuerzas actúan de tal manera que el afuera se convierte en espacio de poder y tensión entre las resistencias que se crean, y ante múltiples afueras se produce la destrucción del espacio de la direccionalidad y, por consiguiente, del cuerpo y del espíritu de la persona.

El individuo se acaba convirtiendo en un cuerpo sin referencia, imposible de leer. En ese momento la banda sonora fue y es de Nine Inch Nails y su canción “Hurt”.

La banda sonora de mis poemas (I). “Gatillo”

Existen momentos en los que el mundo debe parar, sumidos en la vorágine perfeccionista que nos domina, donde la exigencia no viene impuesta desde el exterior, sino que nos la imponemos nosotros mismos, los momentos de calma se hacen imprescincibles.

En nuestra vida existen disparadores que nos hacen reaccionar, que nos sacan de esta vida hipnótica de perfección que acaba conviertiéndonos en enemigos de nosotros mismos. Parar es la única opción si queremos seguir vivos, sino queremos acabar con nuestra mente, con nuestro cuerpo. La sociedad en que vivimos nos está convirtiendo en esclavos de nuestras ambiciones, el control ha pasado del afuera al dentro, con todo lo que de perverso tiene ese movimiento. Ya no somos esclavos de un trabajo o de un sistema político, ahora lo somos de nuestra propia individualidad y de su proyección hacia lo que se demanda de nosotros.

Esta introyección del control nos hace más individualistas, más egoístas y rechazamos al que es diferente, no por su diferencia, sino por su inoperancia, nos preguntamos, ¿para qué sirve un migrante?, ¿qué puede ofrecer en una sociedad donde la riqueza no se reparte, ni se quiere repartir? Vivimos esclavos de nuestras ambiciones, de nuestras perfecciones, y, en caso, de no llegar a tenerlas estamos muertos para la sociedad. No somos, no queremos perfeccionarnos, no queremos mejorar, todo ello envueltos en un continuo discurso que nos dice que sino tenemos una mejor situación ecómica o social es porque no queremos, si trabajamos todos estaremos en la cima, si cultivamos nuestro cuerpo todos seremos perfectos.

El efecto: la destrucción del vínculo entre el dentro y el afuera, toda nuestra energía se vuelca en querer ser socialmente. Aparecer como triunfadores que ganan mucho dinero, con cuerpos perfectos en los que dejamos nuestro tiempo y nuestro dinero sin un fin determinado.

En ese instante debemos parar, nuestro dedo se acerca demasiado al gatillo, el disparador se convierte en nuestro enemigo. Parar y reflexionar. Parar.

 

Gatillo

Collect some stars to shine for you

and start today ‘cause there’s only a few

a sign of times my friend.

Trigger (In Flames)

 

¿Cuántas estrellas

puedes contar en el firmamento

antes de apretar el gatillo?

 

Dime,

¿por qué tuvimos

que caer eternamente?

Si lo sabes todo,

¿quién nos llevó

al extremo del mundo?

 

Los años pasan,

las nubes recogen nuestra tempestad.

¿Cuándo llegará el día

en que recuperemos

el vaticinio de tu escaso futuro?

 

La luz roja parpadea

fatigando tus pupilas ausentes.

Por la escalera

bajan nuestros dobles

a quienes apenas reconocemos.

 

Se descerraja un disparo

sobre la sien de tu cordura,

aún te preguntas,

¿cuántas estrellas

puedes contar en el firmamento

antes de apretar el gatillo?

( No comas mi corazón. Pablo Malmierca, Piediciones: 2017)

 

Todo se reduce a una canción, a un instante:

Poesía, enseñanza y tribus poéticas.

Cuando das clases de literatura y te paras a explicar las poéticas y los grupos a los que queda reducida la historia de la literatura comprendes determinadas actitudes.
Sin ir más lejos, uno de los actuales temas de la EBAU se centra en la poesía durante el franquismo, que eufemísticamente se denomina “La poesía de 1939 a 1975”. Debido a las exigencias del examen el tema debe condensarse y resumirse al máximo. Y, al final, todo se reduce a dividir la poesía en décadas: la poesía de los 40, arraigada y desarraigada; los 50, la poesía social; los 60, la Generación de los 50 y los 70 con los novísimos. Toda la riqueza poética de esa época queda reducida a una serie de nombres y características comunes que dejan fuera todo lo no canónico, que en muchas ocasiones es muy enriquecedor.
En la actualidad la amplia diversidad y riqueza de la poesía española se convierte desde algunos grupos, cenáculos, tribus o lobbies (pues con todos estos nombres los he oído referidos), en una auténtica lucha, soterrada, por dominar ese canon que pasará a la pobreza de los manuales y la memoria. Desde premios, revistas y opiniones se premia a las grandes líneas poéticas santificadas por el canon. Sin embargo, fruto de esta obsesión por ocupar el centro se relegan u obstaculizan nuevas poéticas que acertadas o no podrían enriquecer mucho el panorama poético actual.

Otra reflexión más (sobre el año, sobre la poesía).

Finalizar un año, comenzar otro. Empieza un nuevo ciclo de lo efímero, nuevos proyectos salpicarán nuestra andadura, unos acertados, otros menos. Terminan 365 días de alegrías y enfados, con un bagaje más que añadir a nuestras espaldas y, sobre todo, soltando lastre.
Si algo he aprendido este año es que escribir para la mayoría es deturpar la escritura. Cuando explico a mis alumnos la definición de poesía lo primero que les digo es que tachen la que viene en el libro de texto. Por simplificación, por estandarización, y, quizá, por falta de profesionalidad los libros de secundaria suelen definir la poesía como la expresión de la subjetividad del poeta, que inmediatamente se identifica con sentimentalidad. Es esta desviación en pos de un pensamiento absolutamente empobrecido, que es lo que venden los métodos de enseñanza de las editoriales actuales, el inicio del calvario que sufrimos los lectores de Poesía, y lo pongo en mayúscula porque creo que hay que diferenciar una poesía de otra. Enarbolando esta simplificación de lo que Robert Graves denominó “la diosa blanca”, estamos asistiendo a la mercantilización de una forma de escribir que tiene función propia, la poética. Y os preguntaréis, ¿en qué consiste esa función poética? (que por cierto también aparece en los manuales escolares, pero que a todo el mundo se le olvida), pues la función poética no es más que un uso alterado del lenguaje, si fuésemos formalistas rusos diríamos que se trata de un lenguaje desautomatizado, es decir, una forma de decir que se aleja rotundamente del lenguaje habitual. Y cómo logramos esto pues mediante gran cantidad de recursos que se están perdiendo por el camino de la mercantilización de la poesía, las figuras retóricas, los recursos literarios, los tópicos, las intertextualidades y un largo etcétera de usos que se han ido construyendo a lo largo de la historia de la literatura.
Vivimos un momento duro para las artes, la música se ha estandarizado y vulgarizado de tal manera que en España triunfan cantantes sacados de programas televisivos que igual que los encunbran los entierran como muñecos rotos cuando ya no son rentables. El neuromárketing ha traspasado el campo de la publicidad y ya ha llegado a la programación de los grandes éxitos musicales, se trabaja con frecuencias base que estimulan determinadas zonas de nuestro cerebro que nos vuelven verdaderos adictos a melodías o productos.
En poesía está pasando lo mismo, la excesiva mercantilización y la búsqueda de nuevos productos han llevado a los grandes monstruos editoriales a hacer de su capa un sayo y vender poesía por Poesía. La identificación del lector con una sensiblería claramente adolescente, hace que determinadas escrituras sean una mina de oro. Pero la poesía así entendida lleva escribiéndose mucho tiempo en las carpetas de los adolescentes de este país, cuantos de estos escritores bestseller no se han dejado pasar por no haber descubierto antes este filón. El daño que se está causando a la Poesía es inmenso, relacionamos lo útil con lo comercial, con el producto ofrecido a las masas en los altares del consumismo, pero amigos míos, como dice Fermín Herrero la Poesía no sirve para nada, pero sin ella el ser humano desaparecería. Y para aquel que lo dude le diré que el ser humano es lo que es porque tiene cultura, entendida aquí en sentido antropológico, y la cultura se adquiere mediante el lenguaje, y es el lenguaje elevado el que permite transmitirla.
Mientras tanto, seguiré enseñando a mis alumnos a leer Poesía y a valorarla, en vez de darles la razón y decirles que la Poesía es algo que no se entiende y que para qué vamos a estudiarla. Pero para enseñarla no creo que debamos deturparla ni arrastrarla por el fango de la insuficiencia. Y por cierto acabaré el año como lo empecé, leyendo Poesía.
Cada uno que siga su camino, pero sin confundirse.

Sobre publicar o no poesía en redes

Ayer mi amigo y hombre en estado de poeta, Luis Ramos, volvío a recordarme una vieja discusión que hemos mantenido en muchas ocasiones: publicar poesía en redes como facebook, sí o no. Él sostiene que publicar un poema en redes es darlo por terminado, matar el poema podríamos decir. Este mundo digital clausura el poema de tal manera que, según él, ya no es posible revisarlo y mejorarlo. Ayer ponía como ejemplo al gran Claudio Rodríguez, al que conoció personalmente, Claudio era una persona que tardaba mucho tiempo en ofrecer la versión final de su poesía, como bien dijo Luis el poema es un árbol al que tenemos que podar y podar hasta dejarlo en su forma primordial; la palabra necesita de un proceso de decantación duro y silencioso que el poeta realiza en soledad, enfrentado a la palabra y al silencio.
Sin embargo, no acabo de ver la imposibilidad de crecimiento de un poema por haber sido publicado en redes. Quizá yo sea de otra forma de pensar. Para mí un poema es un ente vivo, nunca muere, tiene una faceta orgánica que lo acerca más a un ser vivo que a o otro inanimado. Es primero el poeta el que enfrentado a la verdad, intenta desvelarla a través de las palabras y estas como buen ser vivo, no dejan de evolucionar, primero en la mente del poeta y después en la voz de los múltiples lectores que pueda tener.
Ofrecer la poesía en redes, a mi modesto juicio, no supone acabar con la evolución diacrónica del texto, en las redes, por lo menos yo, ofrezco un estado sincrónico de mi escritura. En la mayoría de las ocasiones los textos que comparto evolucionan de tal manera que en el libro de poemas donde aparecen son otra cosa, casi ningún creador nos libramos de esa obsesión por la escritura que tan bien dibujo Thomas Bernhard en “Corrección”.
Por eso creo que las redes son positivas y necesarias en el proceso creador, permiten al escritor obtener un feedback que de otra manera sería imposible. Dar tu obra al público en los distintos momentos sincrónicos de la creación hace que las distintas sinergias que los lectores van dando se incorporen a tu obra futura, algo que con el libro tradicional y cerrado es muy complicado de conseguir.

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