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Semillas en campos ajenos

Poesías, prosa, reseñas y fotografías de Pablo Antonio García Malmierca

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Diario polar

Diario polar (día27)

Diario polar (día 27)

Humedad, humedad y más humedad. Apenas puedo respirar por las noches, creo que la humedad en la costa de Transelgor ronda el 100 por 100. El aire se convierte en una gelatina pastosa que tengo que aspirar por mis fosas nasales, no sé si soy un hombre o un animal que habita un pantano inmundo. Cada vez sé menos de mí, de mis semejantes. Si continúo aquí aislado durante más tiempo el proceso de animalización se cerrará. La metamorfosis llegará a su fin y seré uno de ellos. Pasaré a ser una máquina deseante, desparecerá  todo atisbo de humanidad; entraré para siempre en el círculo maldito: producir, consumir, defecar…
Mis obsesiones son cada vez más intensas, no puedo pasar una hora sin pensar en buscar una solución a esta reclusión auto-impuesta. En la lejanía veo zarpar los barcos del puerto de Kingerlin. Muchos han intentado el viaje mítico del regreso al continente, a los orígenes de nuestro pueblo; pero muy pocos han podido quedarse, todos, tarde o temprano regresan. Somos un pueblo atado al terruño de forma atávica. Quizá un día lo intente, quizá un día sea uno de los pocos que no regresen jamás.

Pablo Malmierca

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Diario polar (día 26)

Debo tener más cuidado, ayer una patrulla de la policía literaria estuvo registrando el acantilado. Acababa de salir a dar mi paseo nocturno cuando unas luces llamaron mi atención, ráfagas de potentes linternas cortaban la noche como cuchillos de carnicero. Apenas me dio tiempo a esconderme en el hueco de un árbol muerto, pude escuchar a los militares pasar apenas a unos metros. Desconozco si me buscaban a mí o a otro, prefiero vivir en la ignorancia. Los huesos se me hicieron frío, la temperatura a esas horas de la madrugada es muy baja y yo no iba preparado para pasar la noche a la intemperie. Aguanté como pude dos o tres horas, después se fueron, como es evidente no encontraron nada. Entumecido y aterido regresé a mi tabuco.

Cada vez se me hace más difícil entender la idiosincrasia dominante en Transelgor. Siempre tiene que haber un superior, un general en este caso, que marque las líneas generales de la creación literaria, y los demás de forma subsidiaria debemos escribir en su misma línea, reproducir sus ideas, sus planteamientos para continuar así su estructura. No puedo comprender que se persiga al diferente, al que trata de crear un pensamiento se le persuade de diferentes maneras. Se imponen órdenes, se persigue, se marca con etiquetas que señalan el camino a los lectores-consumidores, se les dice claramente por aquí sí, por aquí no. El pensamiento hegemónico tiene estas cosas, no le hace falta perseguir, las herramientas de consumo hacen que los consumidores sean dóciles ovejas que pastan en el lugar que les marca el pastor. Y si además el pastor tiene una jauría de perros a su disposición, más fácil todavía. Pero debemos pensar, ¿qué camino debemos transitar? Nos dirán que más allá del prado están los acantilados, que podemos despeñarnos si no seguimos tutelados, que podemos morir de fracaso si intentamos ver más allá de la verde hierba que nos ofrecen. Ahora vivo en el acantilado, solo, aterido de frío en las eternas noches de Transelgor, pero siento el calor de los que están a mi alrededor, quizá callados, pero de ninguna manera muertos.

Pablo Malmierca.

Diario polar (día 25)

 

 

Mi identidad se disuelve sobre la salinidad del cueva. Me pregunto qué quiero ser, a dónde quiero llegar, en la soledad de la noche no alcanzo a ver más allá de las estrellas, más allá del recuerdo de una nebulosa que me recuerda la ausencia de una compañía más allá de la voz de mis palabras.
He intentado pasear por los acantilados contiguos a la cueva. Son una zona muy visitada en Transelgor, debo esperar a horas extrañas, cuando el mundo se desvanece y desaparecen las personas. Ayer a las cuatro de la madrugada mi diversión consistía en contemplar el parpadeo incesante de las luces de posición de los barcos pesqueros de bajura. Su intermitencia, unida al vaivén de las olas las convertían en irreales fuegos fatuos. Hipnotizado por su visión me dejé llevar de nuevo por mis pensamientos. Si unas horas antes este lugar era un hervidero de gente, donde todos contemplaban un mismo paisaje, donde el sentimiento se hacía común hacia la belleza salvaje de la naturaleza; por qué ahora la soledad, la inmediatez de mis sentimientos era totalmente distinta, simplemente habían pasado unas horas, simplemente había desaparecido toda compañía.
Creo que buscamos la compañía, la sensación del grupo para no vernos abrumados por todo aquello que no comprendemos, cuando el verdadero aprendizaje se encuentra en la búsqueda de la verdad en el enfrentamiento desnudos ante el objeto, ante la realidad insondable que nos apabulla tantas veces.
Donde otros hace unas horas sólo veían mar, luz, rocas, yo ahondo en una visión que transfigura aquello que veo, ahora soy un poco más ignorante, no acierto a ver las referencias de otros, interpreto el mundo desplazado, desde un desgarro afectivo que es ahora el del proscrito.

 

Pablo Malmierca

Diario polar (día 24)

Enterrado en esta cueva he perdido toda perspectiva del tiempo y de los hombres. Han pasado dos meses desde decidí recluirme en este claustro de roca y humedades. Nadie ha venido a verme, nadie sabe que estoy aquí. La sensación de que los días son exactamente lo mismo me está matando, el creer que el tiempo se convierte en una obsesión circular me está deshaciendo por dentro.

Ahora comprendo a todos aquellos que la literatura les consume por dentro, a los que no pueden dominar esa fuerza atávica que surge de sus sentimientos más primigenios y acaba por devorarlos. Hablan, escriben, piensan, mastican poesía. Su capacidad de crear se ha sublimado de tal manera que no hay otra existencia para ellos, la realidad se compone de fragmentos de vidrios que les rasgan los pies, la realidad es un enorme cuchillo que pende sobre su escasa cordura, pero es quizá esa posibilidad de transmutar la realidad en palabras la que los mantiene con un hilo de unión al mundo real, al mundo que rechazan.

La literatura nos consume de diversas maneras. Puede crear egos enormes que viven ajenos a la realidad que les ha tocado vivir, ya no son dependientes, taxistas, camioneros, ahora son poetas, escritores a tiempo parcial, viven de la ilusión de crear. La literatura les ayuda a luchar contra la alienación que les produce vivir en una sociedad agresiva y hostil que les condena a ser lo que no quieren aceptar. Esta nueva realidad creada suple a la verdadera, viven absortos en su creación, intentan sobrevivir montandos sobre un poema, navegando náufragos sobre un microrrelato. Pero la realidad siempre es más fuerte, el creador acaba sucumbiendo a sus miedos, a su poesía, se deshace víctima de la desaceleración del corazón y un día se da cuenta de que la literatura es muy difícil vivir, y vuelve a su vida alienada, a su realidad que ya no es capaz de adulterar. El dinero manda, es el dictador del mundo y dirige de forma tiránica los destinos de todos aquellos que crean, de aquellos que aspiran a vivir de la palabra.

Pero siempre habrá un ácrata, una persona que desde el límite de la periferia, como Rimbaud cuando decidió retirarse al desierto para traficar con armas, escribirá desde la pureza de la locura. Autores que se dejarán consumir mil veces por el fuego purificador de la palabra retorcida, de la metáfora silente, de los sonidos sin adulterar. Escritores que víctimas de la combustión espontánea, crean desde la inocencia de la locura, desde la verdad del subconsciente, desde el verbo desatado, desinhibido de prejuicios. Aunque es el camino más difícil es el más agradecido, sus poemas moverán por fin nuestras conciencias de piedra.

Pablo Malmierca

 

Diario polar (día 23)

Diario polar (día 23)

Desde mi celda voluntaria tengo la mejor perspectiva de todo Transelgor, puedo pensar sin ningún tipo de interferencia. No tengo acceso a ningún medio de comunicación. He reflexionado mucho, las horas pasan demasiado lentas y puedo contar los segundos y los minutos acompasándose al ritmo de mi corazón. La cadencia de los días se ha hecho más lenta, no hay prisa por vivir, no hay necesidad de llegar el primero a ningún sitio, tan solo existe la necesidad de meditar, de pensar el mundo desde un afuera impuesto por las circunstancias.

En mi país juegan desde hace muchos años con el miedo y la esperanza de sus habitantes. Somos una sociedad, como tantas otras, de clases: están los que ostentan los distintos poderes, ya sean oligarquías políticas, financieras e incluso intelectuales; por debajo los profesionales liberales, médicos, maestros, profesores, etc. y por último la clase más numerosa y más débil la de los trabajadores. Todo el esfuerzo de las clases dominantes se dirige a tener a esta gran masa humana dominada y anestesiada.

La primera mordaza es el miedo. Estas clases trabajadoras tienen unas condiciones laborales cada vez más precarias, se juega continuamente con su inseguridad: a no tener trabajo, a no tener vivienda, a no tener para pagar las facturas de las necesidades básicas (luz, agua…). Para acrecentar esta sensación los medios de comunicación les bombardean continuamente con imágenes de personas que huyen de la miseria o que son diferentes por alguna razón, se los presentan como el OTRO que viene a robarles sus escasas pertenencias, su escasa libertad, Se crea así el mito del demonio vestido de alteridad, para desviar su atención del verdadero enemigo. Mis compatriotas se tienden a aislar en sus casas, tienen miedo a salir a la calle. Se mudan a vivir a urbanizaciones que se asemejan a prisiones, con vigilantes que rodean el perímetro, levantan vallas alrededor de sus casas. Se encierran en mundos artificiales para no ver el sufrimiento ajeno que queda confinado a un más allá con el que no se identifican.

La segunda mordaza es la esperanza, y, a mi juicio, es la más cruel. A nadie se le niega la posibilidad de salir de su vida monótona y dura, a su vida de escaso sueldo y poca vida familiar. Se les pone la zanahoria, como al burro del cuento, y toda su vida se dedican a perseguir sueños imposibles. Se les anestesia con la esperanza de un futuro mejor. Se les muestra en la televisión el mito de la cenicienta que sigue siendo princesa después de las doce. Se les anima o, más bien, se les empuja continuamente a una huida hacia adelante que les impide disfrutar de un presente que no les aporta gran cosa en pos de un futuro ficticio pero real en sus mentes. Al final y al principio, por desgracia, esto crea individuos con un profundo desgarro afectivo: odian profundamente lo que tienen y ansían algo irreal.

En Transelgor se hace evidente incluso en el tipo de cine y literatura que se consume. Se trata de entretenimiento de usar y tirar. Evasión continua de una realidad que se adultera desde todos los discursos posibles.

Los habitantes de Transelgor son, debido a este control absoluto del estado en sus vidas, personas irritables, continuamente estresadas. Habitantes de un futuro que no les pertenece y que ven a través de todas las pantallas posibles. Cuerpos perfectos, coches de alta gama, cruceros idílicos, triunfadores que ganan mucho dinero con apenas esfuerzo. En Transelgor las personas están comenzando a parecerse más a máquinas deseantes que a individuos integrales. No hay conexión entre mente y corazón, son mecanismos engrasados para producir y consumir. Sedados por el miedo y la esperanza.

Pablo Malmierca

Diario polar (día 22)

 

Diario polar (día 22)

El día ha amanecido despejado, desde mi escondite puedo ver la costa de la pequeña isla de Konger, el aire limpio inunda mis fosas nasales. A veces Transelgor te regala días como este, días en lo que disfrutar de una naturaleza en calma.

Recuerdo cuando en el instituto nos explicaron el origen del nombre de nuestro país. Como estamos situados en el extremo norte de Europa penden sobre nosotros numerosas leyendas de origen nórdico y anglosajón, aunque tampoco debemos olvidarnos de las influencias latinas. Se cuenta que un navío romano perdido en la tormenta consiguió llegar hasta nuestras costas, ese fue el momento en que entramos definitivamente en la historia.

Se cree que la palabra Transelgor se compone del prefijo de origen latino “trans” que significa “más allá”, “que atraviesa” o “cambio”, en nuestro caso los lingüistas especialistas en topónimos se decantaron por “más allá”. El resto del nombre “Elgor” se piensa que es de origen anglosajón y significa “lanza del elfo”. Por tanto somos el país de más allá de la lanza del elfo, suena muy poético.

Esta teoría se apoya también en nuestra épica, como todo país que se precie tenemos nuestra propia saga fundacional, se titula “El canto de Kinger”. Cuenta que hubo un héroe fruto de la unión entre dos nobles de familias rivales, Kinger, que así se llamaba, fue repudiado por las dos familias, pues eran enemigas desde los orígenes de la isla. Abandonado en un bosque fue criado por los osos, de ellos recibió una agresividad y una fuerza proverbiales. Con diez años fue encontrado en el bosque, le llevaron a la corte y allí fue sirviendo a distintos nobles como uno de los guerreros más terribles. Al llegar a la edad suficiente formó su propio ejército, le fue fácil ya que todos le temían. Se convirtió en un fuera de la ley, y en poco más de un año consiguió lo que nadie había logrado: vencer a todos los condados que formaban la isla y fundar Transelgor. Se dice que era especialmente diestro en el manejo de la lanza y que mató a un hombre atravesando toda la isla de un lanzamiento.

La historia es atrayente, pienso que solo un hombre con una naturaleza tan primigenia podría domar un mundo tan hostil como el nuestro. Kinger sería así el primer domador de este mundo tan fiero, el hombre-bestia fiel reflejo de la tierra que me ha tocado habitar.

Diario polar (día 21)

 

Diario polar (día 21)

Habitante de mis ruinas. Me asimilo al basalto negro de la cueva. Su humedad me acaricia suavemente. Su perfume es ya mi perfume. Me acomodo a sus formas, ambos nos acoplamos perfectamente, somos uno.
La cueva y yo, y la humedad. Todo se reduce a esa idea: el encontrar una forma que se adapte a la nuestra, poder aposentar mi convexidad en tu concavidad.
En la cópula de las formas encuentro la unidad del sentido. Desde la dualidad del fragmento viajo hacia la unidad deseada.
No hay nada en el exterior que me pueda completar, aquí pegado a un muro angosto he encontrado la plenitud.

Pablo Malmierca

Diario polar (día 19)

 

Diario polar (día 19)

He decidido vivir oculto. La policía literaria ya ha emitido una orden de busca y captura, si me encuentran pasaré dos años como mínimo en la prisión militar. No estoy dispuesto a pagar ese precio por mi libertad.
No he vuelto a la ciudad, me he instalado en una antigua cueva de piratas en la costa norte de Transelgor. Vivo como un ermitaño, solo, sin luz, sin ningún tipo de lujo. Apartado de la sociedad de bienestar. Intento concentrarme en las actividades diarias para no volverme loco. Pesco, recojo la cueva, intento leer y escribir un poco cada día. He traído conmigo todo el material de acampada que me ha sido posible, tengo que estar preparado para pasar una larga temporada oculto de los ojos del mundo. Hasta que todo pase y se olviden de mí.
El sonido del mar me acompaña cada día, las olas son el diapasón de mis sentidos, marcan los segundos, el nuevo ritmo de mi vida. El olor a salitre impregna mis noches y mis días.
Pero ahora tengo mucho tiempo para pensar en mi futuro, en lo que quiero, en lo que querré cuando salga de aquí. Intento convencerme de que este no es el final, de que mis ideas de procastinación son infundadas, algún día podré comenzar nuevos proyectos y terminarlos. Hoy soy incapaz de hacerlo, intento concentrarme en todo lo que quiero hacer, pero me resulta imposible. Una parte de mí bloquea todo intento de acción, el miedo me atenaza, me impide acabar cualquier cosa que empiece. Además la soledad no me ayuda en nada a salir adelante, el aislamiento me impele hacia mis más bajos impulsos. Soy como un autómata que, simplemente, espera a que acabe el día. Espero salir ileso de mí mismo.

Pablo Malmierca

Diaro polar (día 18)

 

Diario polar (día 18)

Cuando comencé a escribir este diario me plantee la necesidad de encontrar un punto de fuga, un lugar ficticio distinto a la realidad helada de Transelgor. El diario se planteaba como la solución, tenía el suficiente distanciamiento como para no parecer real; sin embargo, esa realidad se acaba superponiendo a la verdad. Las palabras vertidas en el diario se vuelven inestables y perecederas. Apoyado en el quicio que marca este diario intento tender vías de comunicación con Transelgor, pero la realidad, como siempre, es dolorosa. El dolor transformado en asepsia.
Cuando contemplo este paisaje helado siempre fijo mi mirada en el punto más alejado, en aquel lugar que prefigura el paisaje que no se ve, pero se intuye. En ese no lugar donde lo posible se hace realidad. Donde confluyen los estático, las normas, con la transgresión, con todo aquello que vislumbramos pero que nos da el suficiente miedo como para rechazarlo.
Nos movemos, víctimas de un movimiento pendular, entre la seguridad de lo viejo, la zona de confort de lo conocido, el anclaje al paisaje que abarcamos con los ojos y todo lo que queda fuera de nuestro campo de visión. Me paro a pensar en la posibilidad de los puntos de fuga del paisaje, en todo lo nuevo que deparará ese más allá.
Y si la búsqueda fuera el verdadero camino; y si el deambular en busca de nuevos horizontes fuera la solución a nuestra inmovilidad; y si…

Pablo Malmierca

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