Libros sobre la grieta.

El pasado martes tuve la suerte de escuchar en Salamanca, en la librería Letras Corsarias, a Chantal Maillard. Hablaba sobre su último libro La compasión difícil,  su discurso actuó como disparador de una serie de cuestiones que últimamente son el centro de mi pensamiento.

Chantal Maillard no es una autora que busque el beneplácito del público, para quienes no se hayan acercado a esta última publicación les diré que se trata de un ensayo que orbita alrededor del  mito de Medea y a una cuestión principal como es la compasión hacia el otro y hacia uno mismo. Sin embargo, me interesaron más la periferias de su discurso. La autora defiende el antiguo movere latino, toda lectura debe provocar en el lector un sentimiento que para mí se entronca con aquellas palabras de Hegel: “El espíritu solo alcanza su verdad cuando es capaz de encontrarse a sí mismo en el más absoluto desgarramiento”. La herida, la grieta entre el uno y el otro, y, a veces, con uno mismo, es esa distancia, ese sentimiento de angustia en el pensar el que se convierte en apertura, en conocimiento.

Esto nos lleva a otra de las ideas que de forma lateral tocó la escritora, y que es idea recurrente en los libros de Byung-Chul Han: la autocomplacencia y el hedonismo superficial del mundo actual. Recogiendo tesis ya aparecidas anteriormente en autores como Guy Dabord en su fundacional La sociedad del espectáculo, o en Peter Sloterdijk El desprecio de las masas. Ensayo sobre las luchas culturales de la sociedad moderna. El filósofo coreano analiza las relaciones entre iguales en el mundo actual como un tejido social donde buscamos al que piensa como nosotros para afianzar nuestra zona de confort y así, desde un simplista pensamiento positivo, alcanzar una felicidad enlatada donde nada chirríe ni se aleje de un horizonte de expectativas cada vez más estrecho. Un caldo de cultivo abonado donde se sustituye el concepto de verdad por el de postverdad. La nueva caverna platónica donde las sombras han sido sustituidas por la rápida sucesión de información e imágenes que impiden crear una visión global de la realidad, sustituyéndola por fragmentos más próximos a nuestros deseos que a la propia verdad.

Es en este punto donde libros o discursos como el de Chantal Maillard se hacen necesarios. La distancia, la grieta entre la tradición de pensamiento europea que se origina con la Ilustración y que tiene su máximo exponente en Kant, y la evolución del pensamiento de las masas se está acrecentando. En una sociedad donde cada vez nos alejamos más de la diferencia como elemento constitutivo de significados, donde la uniformidad y el interés económico priman sobre la definición del individuo, la grieta entre verdad y deseo se acrecienta hasta convertirse en un obstáculo insalvable.

Este es el lugar de los intelectuales comprometidos: la grieta. Sobre este hueco en el conocimiento se debe aposentar el discurso de los que todavía fundan sus palabras en el motor del desgarro, de aquellos a los que no les tiembla la voz cuando deben nombrar al dolor, al cuerpo como vía de acceso del afuera en nosotros. En un mundo dominado por la imagen el placer fugaz y fortuito de lo igual hemos olvidado que nos relacionamos con el mundo a través del cuerpo, en él quedan inscritos nuestros recuerdos antes que en nuestras neuronas, hemos olvidado el tacto como vía de acceso hacia los demás. Lo hemos sustituido por la pantalla, somos pantallas replicantes que reproducen comportamientos dados, se nos ofrece aquello que queremos ver, se nos hace olvidar una de nuestras facultades primordiales: la crítica.

Alguien podría tacharme de, parafraseando a Umberto Eco, apocalíptico. La vieja lucha entre la modernidad y el pasado. Nada más lejos de la realidad. La uniformidad, el hedonismo fácil, nos hace involucionar, volver al momento en que la sociedad era dominada por aquellos que poseían el conocimiento y dejaban a los demás en las tinieblas de la ignorancia. Esta nueva caverna digital en la que vivimos nos retrotrae a aquellos tiempos, nos convierte en sujetos fácilmente manipulables, en meros elementos consumistas, piezas de un engranaje que sin el consumo no podría subsistir. El desgarro, la verdad del “homo doloris” nos acerca más a la libertad, a la verdad.

Pablo Malmierca. Aldealengua, 6 de febrero de 2019