Una sorpresa es la parte poética

del libro invisible. El hilo de fe

que se reserva a las erratas. Nota

a pie que descorazona al destino.

Rafa Pontes

 

 

Jorge Barco Ingelmo comenzó su andadura poética haya por el año 2000 con los  cuadernos de poemas: El rastro de mis lágrimas y Recuerdos de lo mío y de lo ajeno. Los poemarios Algún día llegaremos a la luna y Vivimos encerrados en burbujas transparentes. En el año 2013 vio la luz su poesía reunida que abarcaba los años 1998 a 2013 en el volumen El principio celular.

Además de ganar con Ritmo latino el XV premio Emilio Alarcos, anteriormente fue galardonado con el Premio de la Academia Castellana y Leonesa de Poesía por Algún día llegaremos a la luna.

Acercarse al universo de Jorge Barco solo se puede hacer con un gran bagaje cultural, en su poesía se da cabida a la alta y baja cultura por igual. Son continuas sus alusiones a los clásicos latinos, probablemente fruto de la lectura del poeta José Antonio González Iglesias, al que alude en uno de sus poemas diciéndonos que, y cito literalmente, es “su marca de vitaminas favorita”. Junto a estas referencias clásicas aparecen otras como citas a canciones de Shakira, Carlos Boyero o Chayanne.

Podría parecer esta forma de intertextualidad un totum revolutum, pero en el caso de Jorge no es así. Todas estas referencias se articulan en una voz que se vuelve peculiar. La mixtura afecta también al lenguaje y con gran habilidad se hace poesía con el lenguaje publicitario de los anuncios por palabras, con una receta de cocina o con una carta más que directa a un editor de poesía. Jorge se adueña de lo que algunos lingüistas llaman textos de desecho y los eleva a literatura, a alta literatura. Esta técnica hace que Ritmo latino sea a la vez un texto fresco y sorprendente.

El otro gran valor del libro, a mi juicio, es la adecuada utilización de un recurso tan complicado como la ironía. Se interrelaciona de forma sorprendente con los distintos niveles del lenguaje y es, a mi modo de ver, un acierto. No es lo mismo ironizar sobre algo tan serio como el mundo clásico en “Medea la de los grandes pechos”, texto de contexto clásico, que si lo hacemos usando el lenguaje directo de un anuncio por palabras. Se logra la desautomatización del mundo mitológico al insertarlo directamente en algo tan prosaico como “Mil anuncios”.

Sin embargo, el libro no agota aquí sus virtudes. En estos tiempos de lo que se ha dado en llamar “porn-food”, fenómeno tan visible en las redes sociales. Jorge añade esta, digamos, forma de contar al poema. El libro, el poema, deja de ser objeto de consumo cultural para pasar a ser devorado literalmente. Para ello, de nuevo, se recurre a la apropiación del lenguaje de otros ámbitos de la vida para pasarlo por el tamiz de Ritmo latino. Los juegos de citas tienen también un papel importante y a la altura de Ovidio vemos al propio Ferrán Adriá.

Abundan además las referencias a la cotidianeidad del poeta, a una realidad que nos presenta de una forma crítica, que se presenta de forma más efectiva al utilizar gran cantidad de elementos de la cultura mainstream, para pasarlos, en una metáfora que al propio autor le agradaría, por la batidora, para conseguir una nueva receta de la poesía.

Es este un libro más que fresco como ha dicho el jurado del premio Emilio Alarcos, novedoso; por la forma de poetizar la realidad, por crear una nueva desautomatización de la vida a través de sus elementos más comunes. El cine, la música, la televisión, en definitiva la cultura popular pasada por el tamiz de los clásicos han hecho de Ritmo latino una delicatesen elaborada con alimentos que podríamos encontrar en cualquier supermercado de barrio.

Después de saborear la poesía de Jorge Barco, os quedaréis con ganas de más.

Pablo Malmierca. Aldealengua, 10/6/2017.

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