Diario polar (día 27)

Humedad, humedad y más humedad. Apenas puedo respirar por las noches, creo que la humedad en la costa de Transelgor ronda el 100 por 100. El aire se convierte en una gelatina pastosa que tengo que aspirar por mis fosas nasales, no sé si soy un hombre o un animal que habita un pantano inmundo. Cada vez sé menos de mí, de mis semejantes. Si continúo aquí aislado durante más tiempo el proceso de animalización se cerrará. La metamorfosis llegará a su fin y seré uno de ellos. Pasaré a ser una máquina deseante, desparecerá  todo atisbo de humanidad; entraré para siempre en el círculo maldito: producir, consumir, defecar…
Mis obsesiones son cada vez más intensas, no puedo pasar una hora sin pensar en buscar una solución a esta reclusión auto-impuesta. En la lejanía veo zarpar los barcos del puerto de Kingerlin. Muchos han intentado el viaje mítico del regreso al continente, a los orígenes de nuestro pueblo; pero muy pocos han podido quedarse, todos, tarde o temprano regresan. Somos un pueblo atado al terruño de forma atávica. Quizá un día lo intente, quizá un día sea uno de los pocos que no regresen jamás.

Pablo Malmierca

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