Debo tener más cuidado, ayer una patrulla de la policía literaria estuvo registrando el acantilado. Acababa de salir a dar mi paseo nocturno cuando unas luces llamaron mi atención, ráfagas de potentes linternas cortaban la noche como cuchillos de carnicero. Apenas me dio tiempo a esconderme en el hueco de un árbol muerto, pude escuchar a los militares pasar apenas a unos metros. Desconozco si me buscaban a mí o a otro, prefiero vivir en la ignorancia. Los huesos se me hicieron frío, la temperatura a esas horas de la madrugada es muy baja y yo no iba preparado para pasar la noche a la intemperie. Aguanté como pude dos o tres horas, después se fueron, como es evidente no encontraron nada. Entumecido y aterido regresé a mi tabuco.

Cada vez se me hace más difícil entender la idiosincrasia dominante en Transelgor. Siempre tiene que haber un superior, un general en este caso, que marque las líneas generales de la creación literaria, y los demás de forma subsidiaria debemos escribir en su misma línea, reproducir sus ideas, sus planteamientos para continuar así su estructura. No puedo comprender que se persiga al diferente, al que trata de crear un pensamiento se le persuade de diferentes maneras. Se imponen órdenes, se persigue, se marca con etiquetas que señalan el camino a los lectores-consumidores, se les dice claramente por aquí sí, por aquí no. El pensamiento hegemónico tiene estas cosas, no le hace falta perseguir, las herramientas de consumo hacen que los consumidores sean dóciles ovejas que pastan en el lugar que les marca el pastor. Y si además el pastor tiene una jauría de perros a su disposición, más fácil todavía. Pero debemos pensar, ¿qué camino debemos transitar? Nos dirán que más allá del prado están los acantilados, que podemos despeñarnos si no seguimos tutelados, que podemos morir de fracaso si intentamos ver más allá de la verde hierba que nos ofrecen. Ahora vivo en el acantilado, solo, aterido de frío en las eternas noches de Transelgor, pero siento el calor de los que están a mi alrededor, quizá callados, pero de ninguna manera muertos.

Pablo Malmierca.

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