Diario polar (día 19)

He decidido vivir oculto. La policía literaria ya ha emitido una orden de busca y captura, si me encuentran pasaré dos años como mínimo en la prisión militar. No estoy dispuesto a pagar ese precio por mi libertad.
No he vuelto a la ciudad, me he instalado en una antigua cueva de piratas en la costa norte de Transelgor. Vivo como un ermitaño, solo, sin luz, sin ningún tipo de lujo. Apartado de la sociedad de bienestar. Intento concentrarme en las actividades diarias para no volverme loco. Pesco, recojo la cueva, intento leer y escribir un poco cada día. He traído conmigo todo el material de acampada que me ha sido posible, tengo que estar preparado para pasar una larga temporada oculto de los ojos del mundo. Hasta que todo pase y se olviden de mí.
El sonido del mar me acompaña cada día, las olas son el diapasón de mis sentidos, marcan los segundos, el nuevo ritmo de mi vida. El olor a salitre impregna mis noches y mis días.
Pero ahora tengo mucho tiempo para pensar en mi futuro, en lo que quiero, en lo que querré cuando salga de aquí. Intento convencerme de que este no es el final, de que mis ideas de procastinación son infundadas, algún día podré comenzar nuevos proyectos y terminarlos. Hoy soy incapaz de hacerlo, intento concentrarme en todo lo que quiero hacer, pero me resulta imposible. Una parte de mí bloquea todo intento de acción, el miedo me atenaza, me impide acabar cualquier cosa que empiece. Además la soledad no me ayuda en nada a salir adelante, el aislamiento me impele hacia mis más bajos impulsos. Soy como un autómata que, simplemente, espera a que acabe el día. Espero salir ileso de mí mismo.

Pablo Malmierca

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