Diario polar (día 14).

Sentado al borde del mar te cuestionas los pasos dados, los errores y, sobre todo, las amistades perdidas y las que quedan por venir.

En un mundo cambiante, como las olas que rompen a mis pies, los amigos van y vienen. Con el paso de los años aprendes que lo que un día fue cariño incondicional se convierte en puro interés. Otros siguen comportándose igual que adolescentes, en un continuo sube y baja de emociones: tan pronto te idolatran como te odian. La vida es así y uno de los aprendizajes más importantes es saber discernir hasta dónde puedes dar, qué puedes pedir al otro.

Sin embargo, siempre hay excepciones, espectros del pasado que vuelven desde lo más fondo de tu conciencia para otra vez ser. Pueden pasar cinco, seis y hasta veinte años, aún así el reencuentro es el de dos amigos que se despidieron la noche pasada para verse otra vez por la mañana. Sin reproches, sin malas caras, sólo con la dicha del reencuentro de quien se sabe unido por verdaderos lazos.

La vida continúa, agazapada entre los recovecos del acantilado, fresca, inaprensible, abierta a lo nuevo. ¿Qué hay mejor que la sorpresa? El futuro abierto bajo tus pies.

Pablo Malmierca

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