Diario polar (día 13)

Las costas de Transelgor son abruptas y salvajes, no invitan a visitarnos, son el cementerio de numerosas embarcaciones. Necesitaba alejarme de la ciudad, de la gente, del eterno bullilcio que embrutece, que nos convierte en auténticos muertos vivientes. Cogí el primer tren hacia el océano, el primer tren hacia la salvación.
En apenas media hora ya estaba pisando la grandes rocas que coronan los acantilados de nuestra isla. Olas gigantes de varios metros de altura golpeaban cadenciosas los altos muros de basalto. La isla impávida los repelía, era una lucha de gigantes. El océano horadando lentamente la isla, la isla aguantando como un coloso las embestidas furibundas del agua.
Me senté al borde del mar, mis pies colgaban ingrávidos sobre un precipicio de decenas de metros, me sentía insignificante, un punto volátil. El fuerte viento del norte me mecía con un peligroso movimiento que me acercaba más al abismo. Conseguí hacerme uno con la humedad, con el viento, con la música de las olas.
Son esos momentos de ataraxia, donde nada tienes, los que de verdad importan. El vacío se instaura en mi cuerpo y en mi mente, la conexión es total. La creación de un no lugar donde existir, de un lugar apartado del mundo donde creer.

Pablo Malmierca

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