Diario polar (día 12).

He quedado con C., ha sido uno de los autores más reconocidos de la historia reciente de Transelgor, creo que voy a llegar tarde. Son casi las siete y todavía tengo que cruzar tres calles.

Como siempre, C. es puntual. He pillado todos los semáforos en verde y llego solo cinco minutos tarde. Me saluda desde lejos con la mano. Hace mucho tiempo que no nos vemos y nos fundimos en un cálido abrazo.

-¿Qué es eso tan importante que me tenías que contar? -le pregunto.

-Demos un paseo y te cuento, es bastante largo. -contesta.

Decidimos recortar hacia la ribera del río, hoy era uno de esos extraños casos en Transelgor en los que no nevaba, un tímido sol de invierno calentaba débilmente las aceras.

Nuestros pasos acompasados pisaban la tierra húmeda, alrededor de nuestros zapatos arena supuraba agua derretida que rápidamente era reabsorbida, pisamos una tierra egoísta que no quiere compartir.

-Me dejaste preocupado. -le digo. Se te ve tan feliz en los suplementos culturales de los dominicales que cualquiera diría que te ocurre algo.

-Es más grave de lo que piensas.-me contesta cariacontecido. Sabes que hace años, después de recibir el premio Stanilavsen, fiché por la editorial J. Como te conté en otra ocasión me hicieron firmar hasta un contrato de imagen.

-Sí, lo recuerdo.

-Pues bien, todo ha ido sobre ruedas. Mientras me he plegado a sus exigencias he ganado mucho dinero, salgo habitualmente en los dominicales. Soy tendencia en la literatura contemporánea de Transelgor. Pero siempre siguiendo a rajatabla sus indicaciones: tipo de libro que tenía que publicar, declaraciones sobre diversos temas, lugares que frecuentar…

-Por lo que me dices eres una marioneta en manos de tu agente literario.

-Poco más o menos. Hace cosa de un mes le dije que me apetecía cambiar de registro, escribir algo diferente, con contenido social. En concreto, una novela donde se denunciaran las injusticias actuales.

-Me parece una buena idea.

-A los pocos días, mi agente me viene con un estudio de mercado desaconsejando esa publicación y con un tema ridículo que se supone iba a gustar al 40% de la población y con unas perspectivas de ventas de miles de ejemplares.

-Ya sabes, el mercado y sus leyes.

-No sé por qué, pero me negué. Entonces se puso como una fiera y comenzó a decirme que ya habría alguien que quisiera escribirlo, que si me negaba me atuviera a las consecuencias. Le pregunté que qué consecuencias eran, me dijo que no sería nadie, que sin la editorial y su trabajo mi escritura era inútil, que por muy bien que escribiera sin un buen marketing editorial no vendería un libro.

-Pero, ¿cómo pueden hacerte eso? Eres su autor estrella.

– Ni cortos ni perezosos han retirado toda la publicidad de mis libros, han parado la promoción y las ventas han bajado en picado.

– No lo entiendo, tus novelas son buenas.

-Yo tampoco. Llevo ya un mes en terapia, dice mi terapeuta que soy otro juguete roto, que tardaré en curarme pero que se me pasará, ya ha tratado otros casos similares y siempre ha llegado a la curación.

No supe qué decirle a mi amigo C. Simplemente nos sentamos en un banco a la orilla del río y nos quedamos allí contemplando cómo pasa la vida durante un buen rato.

Pablo Malmierca

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