Diario polar (día 10).
Existe una miseria dolorosa, la material; pero también existe una miseria moral que afecta a todos los que nos rodean.
Hoy la nevada es más intensa que otros días. Apenas se puede ver a más de dos metros de distancia. El viento, el maldito viento, deposita los copos de nieve sobre las pupilas, caminar se hace dificultoso. Decido entrar en un café, por lo menos allí me resguardaré de las inclemencias del tiempo.
Busco una mesa apartada, como siempre, repito el ritual que me acompaña desde hace ya mucho tiempo. Pido un café solo, saco mi libreta y espero a que llegue la inspiración. Hay días en los que apenas escribo o en los que directamente soy incapaz de rellenar una línea; otros, en cambio, puedo escribir varias páginas, son momentos epifánicos, entro en contacto con lo más profundo de mí y consigo traducir todo ese maremágnum que habita en mis profundidades.
Sin embargo, hoy no será el día, en la mesa contigua se han sentado dos hombres de mediana edad, perfectamente trajeados.

– ¿Cómo te ha ido? -pregunta el primero.
– No muy bien. Ha sido una mañana bastante mala, no he conseguido vender nada.- contesta el segundo.
– Pues yo poco más o menos.
– Esta es una ciudad muy especial, aunque sea grande. Los de aquí son unos provincianos, te ponen siempre mala cara y si te compran algo lo hacen a regañadientes.
– Tal cual. En un curso de formación nos contaron que aquí hacían los estudios de mercado. Si algo se vende, seguro se venderá en otros lugares.
– Nunca me he sentido bien aquí. Es una ciudad hostil. Te acaba expulsando.
-…

Ya no les presté más atención, conocía demasiado bien ese sentimiento de no pertenencia. Pagué el café y me fui.

 

Pablo Malmierca

Anuncios