Diario polar (día 9)
Desde la época de los bloqueos el voto en las elecciones se ha ido radicalizando, los partidos con propuestas más cerradas al exterior han ido ganando fuerza, hasta el punto de que ahora mismo son el 90% de nuestros representantes. Se ha potenciado lo propio, lo que nos identifica, todo se ha institucionalizado, incluso la literatura.
Antes los escritores concurrían en concursos literarios, los premios eran variados: publicar un libro, dinero, el reconocimiento… Aunque después de las últimas elecciones se decidió en referéndum que pasaran a formar parte del ejército. Se creó el cuerpo de escritores con varias divisiones: poetas, prosistas y dramaturgos. Pasean por las calles con sus característicos uniformes verde serpiente, muchos de ellos lucen gibosos por el tremendo peso de sus condecoraciones literarias, gustan de pasear con todas las medallas que han conseguido en los diversos concursos patrocinados por el estado. A más medallas mayor estatus.
Hace cosa de un mes, justo en la época de las ventiscas, me llegó una carta del Ministerio de defensa, era un llamamiento a incorporarme a filas. Había llegado a sus oficinas la noticia de que acababa de publicar mi primera obra y debía incorporarme a filas con el rango de soldado raso. Desde ese día decidí que la insumisión era la única salida a tanto desvarío. Hoy recibo el segundo aviso, dice que en el caso de no incorporarme en el plazo de quince días seré juzgado y declarado culpable. La elección es triple: ingresar en el ejército, la cárcel o ser un prófugo de la justicia.
Creo que ya he decidido mi destino…

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