Cuando nos acercamos a un libro solemos leer la contraportada para hacernos una idea. Sin embargo, Donde mueren los recuerdos es mucho más. En palabras de Amelia, su protagonista…

Esa misma noche inventé el lugar donde mueren los recuerdos. Un rinconcito dentro de mi corazón donde metí la historia de mi vida para que dejara de dolerme.

Allí, donde mueren los recuerdos, el tiempo se detiene donde uno quiere; los relojes se atrasan y deciden olvidarse de cantar sus monótonas campanadas, la vida deja de sangrar para curar viejas heridas y poder seguir caminando, aunque sea a deshoras, por los senderos que el propio futuro traza para nosotros. Las alas crecen en la espalda para invitarte a alzar el vuelo y ser libre. No existen los golpes, no hay hijos muertos resbalando por las piernas, las marcas de las palizas desaparecen para dejar paso a los besos, los abrazos, el amor.

Esta hermosa definición realizada en un lenguaje tan esmerado es Donde mueren los recuerdos. Una novela intensa, de sentimientos. Aunque no se queda ahí, es también una novela histórica que entrecruza hábilmente los acontecimientos ocurridos en el período de entresiglos (XIX y XX), la historia de Alfonso XIII y los intentos anarquistas por acabar con la vida del rey. Unido a una precisa descripción del Valladolid de la época, que abarca desde la provincia a la propia capital.

Estos mimbres que construyen un macrocosmos espacio-temporal de carácter histórico se van mezclando con el microcosmos que constituye la vida de Amelia y su marido José.

En esta novela, por tanto, confluyen dos mundos: el privado, centrado en la dura relación de Amelia con su marido, historia de malos tratos y vejaciones que desembocará en un final igual de apasionante; y, por otro, el espacio público que viaja desde el Valladolid de provincias hacia Madrid y por extensión a la historia de la España finisecular.

Esta novela ha exigido a su autora un doble proceso de documentación: el histórico y el psicológico de los malos tratos. Y en ambos ha salido victoriosa.

Pero, además, la historia narrada tiene sus referentes literarios. Por sus páginas deambulan Baroja o Azorín. Aunque el gran referente de Donde mueren los recuerdos es Cumbres borrascosas, aparecen continuas referencias. Incluso para Amelia, José es un trasunto de Heathcliff.

El lenguaje de Eva Delgado es sencillo, lo que otorga a la novela un ritmo ágil de lectura, una lectura asequible y que engancha. Aunque a la autora, también poeta, elige siempre la palabra adecuada para embellecer el lenguaje propio de la prosa con acertadas metáforas.

Estamos ante una novela escrita en segunda y primer persona, todo un riesgo de estilo. Eva cede su voz a Amelia que utilizando un recurso de honda raigambre en nuestra literatura: la novela epistolar, recuérdese el Lazarillo. Comienza con Amelia escribiendo su historia en forma de carta a su maltratados, a José. Esta técnica encuadra toda la narración y le da un sentido preciso. Somos testigos de la confesión, o más bien denuncia, de la mala vida que José le dio a Amelia. Esta forma de narrar, a mi modo de entender, resulta un acierto pues nos acerca a la situación anímica de Amelia, que descarga su discurso sobre su maltratador, del que somos testigos en primer plano.

En definitiva, una novela intensa, de sentimientos, hábilmente entretejida en la historia de España. De lectura ágil que, de ningún modo, nos dejará indiferentes.

 

Eva Delgado, Donde mueren los recuerdos. Piediciones: Alcalá de Henares, 2016.

Página de la editorial.

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