Diario polar (día 4)
Caminar, caminar, ¿hacia dónde? Levanto la vista, estoy en la calle 53. En mi ciudad las calles son números cardinales y las plazas y avenidas ordinales. Antes llevaban nombres de personajes o hechos relevantes de la cultura, pero el gobierno actual decidió cambiarlas, resultaba más aséptico. En un mundo donde la información se diluye en nuestras manos sólo importan los datos, hemos dejado de ser individuos para ser un conjunto de números con los que las grandes multinacionales de la información trafican. Ese es nuestro valor, valemos por la cantidad de información que generamos.
De la calle 53 paso a la 54, los primeros dígitos pertenecían al centro donde abundaban bancos y ministerios. A mí me gusta perderme en los suburbios, se diferencian por la suciedad de las calles y la monotonía de sus edificios de ladrillo.
Con la mente en blanco despierto de mi ensoñación, estoy en la calle 200. Unos pequeños copos de nieve se han depositado sobre mis pestañas. Más allá están las chabolas, la auténtica ciudad olvidada. En el suelo un joven dormita envuelto en su piel de cartón, deformada por la humedad. No es nadie, no está conectado a nada, no genera ningún dato, por lo tanto no importa. Es una anomalía en el limbo aséptico de la estadística. No tiene cabida en nuestra felicidad enlatada.
Pablo Malmierca

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