Diario polar (día 3)
Los días aburren por su monotonía. La nieve ha cubierto todas las calles y la contaminación de las fábricas que rodean la ciudad ha transformado el blanco en un gris plomizo.
Debo salir, las paredes se abalanzan sobre mí, el ahogo, la ansiedad, vuelven a apoderarse de mí.
Mis pies se hunden varios centímetros bajo la nieve gris, oigo cómo miles de copos cristalizados se fragmentan bajo mi peso.
Camino errático, sin rumbo fijo, sin más fin que el propio caminar. Me tropiezo literalmente con un conocido, como casi siempre iba tan metido en mis pensamientos que no había notado su presencia. Era uno de esos que llaman poeta, a mí también me lo llaman últimamente. Me habló de su último proyecto, yo apenas le escuchaba, creo recordar que iba a abrir un franquicia “POETAS S.A.”, tenía muchas ventajas: por una módica primera aportación te decoraban el local, podías escoger entre varios estilos “Bukowski”, “Coelho”, “Pizarnik” y otros que no recuerdo. Él había optado por el más alternativo, creía que la poesía era cosa de jóvenes tatuados y cantantes. Desde la central le habían prometido que su local se convertiría en el centro cultural de la ciudad, tendría multitud de eventos y, lo que es más, él podría ir al resto de locales de la franquicia; se lo habían asegurado en el contrato, insistió entusiasmado. Cuando terminó de hablar me despedí, yo apenas tenía nada que contarle. Me alejé concentrado en el sonido de los copos fracturándose bajo mis pies.

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