Padeces el síndrome de Otelo,
lamentándote de destinos impunes.

Unos se encumbran;
otros,
en su huidiza aberración,
se engañan
con ecos
de antiguos padeceres.

Y, mientras,

te intentas superar.
Cuando crees encontrarte,
gritan pensamientos blasfemos.

Tras impúdicas razones
ocultan…
vidas fracasadas.

Una vez más,
la calma inunda tu océano.
Hasta que con un leve viento,
la tempestad
de nuevo se abata
sobre todos nuestros presentimientos.

Pablo Malmierca

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