Aquí yace mi poesía
Últimamente son muchos los que denuncian en este medio el plagio, denuncian apasionadamente el uso y el abuso de su genio creador. En palabras de Edgar Zilsel: “El concepto de genio presupone, pues, una reflexión hacia la vida interior, y centra su atención no tanto en los logros objetivos como en la capacidad personal de acceder a ellos, no tanto en las influencias exteriores como en el talento interior e innato, poniendo de relieve entre los múltiples aspectos de la vida interior justamente los más subjetivos y difíciles de precisar objetivamente: la energía apasionada, el entusiasmo irracional, la iluminación inspirada, en pocas palabras, todo cuanto no puede aprenderse de forma racional constituye lo propiamente distintivo del genio.” (El genio. Génesis de un concepto. Madrid: Asociación Española de Neuropsiquiatría, 2008. pág 25)
Pues hay quienes no teniendo vida interior intentan apoderarse de las de otros. Quizá nadie estemos libres de ese pecado, yo antes que escritor soy lector, y muchas veces nuestras lecturas rezuman por nuestros textos, hay referencias incontables, ya sabéis lo que se dice: todo está escrito y no hacemos más que variaciones de unos cuantos temas. Sin embargo, un buen día practicando tu faceta de lector te encuentras con frases copiadas literalmente de uno de tus escritos y piensas en mentes en sintonía, en analogías o incluso en un fenómeno telepático. Pero nada te convence y en un ataque de rabia creas unas bienaventuranzas del plagiador:
Bienaventurados los plagiadores
porque de ellos será el reino de los ripios.
Bienaventurados los faltos de mundo interior
porque la telepatía será su salvación.
Bienaventurados los faltos de ingenum
porque en ellos brotará la flor de la inmundicia.
Bienaventurados los faltos de sustancia
porque sus huesos no sabrán a nada.
Bienaventurados sus libros
porque serán olvidados.
Y, pese a todo, piensas en por qué escribes. En mi caso no pertenezco a ninguna escuela literaria, a ningún grupo poético, a ninguna tertulia literaria, es más no tengo amigos en el mundillo literario. Escribes para ti, para expresar tu mundo interior, para conocerte mejor, para explorar la realidad con otro parámetros diferentes. Y, un día, después de 25 años escribiendo tus amigos te dicen que eres un “modorro” que qué haces sin sacar a la luz tus poemas. Les contestas que porque son míos, no pretendo ganar nada con la poesía, tengo mi vida resuelta, no necesito que me paguen por dar un recital. Y, entonces, piensas en compartir, sin pedir nada a cambio, y ves que hay gente que sin conocerte de nada te apoya, que le gusta lo que escribes, y eso te ayuda a seguir compartiendo a enseñar una parte de ti que quizá no querías mostrar. Pero un día te encuentras con el plagio absurdo de imágenes muy personales, que nacen muy adentro: desde el dolor, desde la experiencia que te marca. Y recuerdas las palabras de Italo Calvino recogidas por Nuccio Ordine en “La utilidad de lo inútil: “El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar y darle espacio.” (Pág, 24)
Como os imaginaréis, prefiero ser la oveja negra y seleccionar a aquellos que merecen la pena y hacerlos perdurar en mi vida. Hace mucho que abandoné el rebaño.
Por cierto, hay una virtud muy recomendable que consiste en citar a aquellos que utilizamos para nuestros escritos, ya en la antigüedad por medio de obelos se marcaban en los textos notas al margen. Ahora que somos modernos utilizamos las notas al pie de página.
D.E.P.

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