Despertó a su lado. Una tenue columna de luz iluminó su espalda. Pudo ver con claridad la cicatriz de su último tatuaje, una rosa roja que partía desde el sacro y ascendía, sinuosa, por la columna hasta su omoplato izquierdo. Su delicada piel todavía estaba irritada por el contacto de la aguja.
Sin embargo, él no recordaba nada de la noche anterior, solo imágenes de un pozo profundo, de su propio viaje hacia las letrinas del alma.
Había tomado ayahuasca, ella era su guía aquella noche. Su tótem había sido un oso, un enorme oso gris. En todo momento ella le había guiado , había sido su punto de referencia.
Su mente traía imágenes de otro, un ser absurdo vestido con un traje verde. Su misión cortarle el paso hacia ella, le llamaba desde la locura. Quería hacerse dueño de su cordura, eliminar todo atisbo de racionalidad, llevarlo más allá, no dejarle regresar.
Ella consiguió ahogar, con sus suaves palabras, al patético hombre en el fondo del venero. Él renació limpio de ataduras.
Prometieron tatuarse esa noche un oso gris y una rosa en sus espaldas.

Pablo Antonio García Malmierca

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